27/01/2026
El cerebro infantil está en pleno desarrollo y se moldea a partir de la experiencia. Lo que el chico hace de manera repetida fortalece determinadas conexiones neuronales y deja otras en segundo plano. Las pantallas no son neutras en ese proceso.
El uso excesivo de pantallas se asocia a dificultades en la atención, el control de impulsos y la tolerancia a la frustración. Los estímulos rápidos, cambiantes y altamente gratificantes entrenan al cerebro a buscar recompensa inmediata, lo que después dificulta sostener el esfuerzo en tareas más lentas como leer, jugar sin pantallas o hacer la tarea.
A nivel cerebral, durante la infancia se desarrollan funciones ejecutivas clave como la planificación, la autorregulación emocional y la capacidad de esperar. Cuando gran parte del tiempo está mediado por pantallas, hay menos oportunidades de entrenar estas habilidades a través del juego libre, el aburrimiento y la interacción con otros.
También se observa impacto en el lenguaje y en las habilidades sociales. El aprendizaje del lenguaje necesita intercambio real: miradas, turnos, gestos, correcciones. La pantalla no responde, no ajusta ni acompaña como lo hace una persona.
Desde la TCC entendemos que hábitos repetidos construyen formas de pensar, sentir y actuar. Un uso temprano y excesivo de pantallas no “arruina” un cerebro, pero sí aumenta el riesgo de dificultades atencionales, emocionales y conductuales si no hay límites claros y adultos que regulen.
No se trata de demonizar la tecnología, sino de entender que el cerebro infantil necesita experiencias reales para desarrollarse: juego, vínculo, movimiento, frustración y presencia adulta.