03/01/2026
No escribo esto para defender a Maduro ni su forma de gobernar. No fue democrática, no fue justa y no fue sana para su pueblo. Eso lo sabemos.
Pero una cosa no invalida la otra.
No estar de acuerdo con un gobierno no puede significar avalar la pérdida de soberanía de un pueblo. Y ahí es donde para mí está el punto más delicado de todo esto.
Lo que está ocurriendo con Venezuela no puede leerse de manera aislada ni ingenua. Hay un plan mucho más amplio, histórico y repetido: sofocar a un pueblo entero, llevarlo al límite del agotamiento, del hambre y del exilio, para que luego sea más fácil dominar, invadir y apropiarse de sus recursos —naturales y no naturales—.
Esto no es nuevo. La historia lo mostró una y otra vez.
Estados Unidos nunca está “por detrás” de estos procesos sin intereses. Siempre hay intereses económicos, políticos y sociales en juego. Y Latinoamérica, lamentablemente, ha sido un territorio sistemáticamente codiciado, intervenido y fragmentado.
Entiendo —y no juzgo— el festejo de muchas personas venezolanas que se fueron. Se fueron empujadas por el dolor, el agobio y la desesperación. Pero también creo que ese agobio no fue casual: fue parte de un plan que hoy se termina de ejecutar. Y me pregunto, con honestidad, si lo que viene después no será incluso peor. La historia también nos lo enseñó.
Por eso creo que necesitamos empezar a mirar la realidad de manera más amplia, menos sesgada, más profunda. No quedarnos solo con una cara del problema, sino animarnos a ver todas las capas que lo componen.
Y acá aparece la pregunta que más me importa, y que no es solo para Venezuela, sino para el mundo entero:
¿Cuánto hace falta empoderarnos como seres humanos para tener verdadero control —aunque sea relativo— sobre nuestras vidas, nuestros deseos, nuestra creatividad, nuestro sentido, lo que queremos vivir y cómo queremos vivir?
Porque el sistema está diseñado para que ganen unos pocos y el resto sobreviva.
Es una esclavitud implícita, moderna, silenciosa. Dependemos de todo… y así nunca terminamos de ejercer nuestra singularidad, nuestra potencia, nuestra verdadera identidad.
Eso es lo que me preocupa.
Y por eso insisto desde este espacio.
Desde lo holístico, desde lo humano, desde lo cotidiano, el verdadero empoderamiento empieza en nuestras propias vidas, en nuestros vínculos más cercanos, en nuestros primeros núcleos sociales. Ahí empieza la verdadera revolución. No afuera. No impuesta. Sino encarnada.