12/02/2026
NO SOMOS INFILTRADOS
Basta de verso, de escuchar opinadores que no pisan la calle nunca ni pasan hambre nunca en sus vidas y hablan de “violencia” sólo cuando aparecen las piedras. Basta de aceptar el discurso moderado y tibio de los que siempre se acomodan con todas las gestiones partidarias, basta de citar a los que nunca ponen el cuerpo. Basta de los obsecuentes con anteojeras gigantes que todavía esperan una “jugada maestra” que los salve.
No, no saben lo que representa un grito de lucha, un canto entonado por la voz de una multitud, esa sensación que te quema las entrañas de frente a un ejército de uniformados, armados hasta los dientes. No, nunca vieron la estela de un gas surcando el cielo y viajando hacia la cabeza de los jubilados. Podemos discutir ideas, debatir tácticas y hasta conversar sobre momentos para cada acción o reacción. Pero negar el derecho a la rebeldía, es no entender nada. No entender un lenguaje que, en la calle, se escribe con gritos, marchando, con cantitos, con abrazos entre compañerxs, y a veces, con piedras y fuego.
Señalar, identificar y criticar a los pibes y pibas que responden a la violencia del Estado con piedras y fuego, insultarlos en las redes o acusarlos de “infiltrados” es una estupidez gigante y oculta algo peor: la presunción de que el oprimido nunca puede defenderse y que cualquier atisbo de repuesta siempre favorece al opresor. Otro absurdo. Otra maniobra que limita la política al espacio de la transa electoral y la rosca de los dinosaurios de los partidos y margina al trabajador de cualquier intervención en la realidad que sobrepase ser uno más en el marchodromo.
La rabia tiene su propio lenguaje y eso nunca lo entenderán, los moderados, los “políticamente correctos” y rebeldes de bolsillo. Esos, los que nunca participaron de una marcha masiva reprimida con gases. Hagan silencio y busquen infiltrados en el espejo del baño.
Decia el subcomandante Marcos: “Tenemos que mostrarnos pero, al mismo tiempo, tenemos que ocultarnos. Para mostrarnos, nos escondemos en un pasamontañas, y para escondernos nos lo quitamos. El pasamontañas es el verdadero rostro de la multitud”.
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