30/03/2017
Acerca de la Resignación
Resignar viene de signar, firmar. Cuando uno firma pone un símbolo que lo representa frente al resto. Uno no firma cosas para uno, siempre firma cosas para los demás. Firmamos acuerdos, contratos, cheques, etc. Todas transacciones con otro. Si tuviéramos que firmar un contrato con nosotros mismos para empezar la dieta el lunes estaríamos fritos. Si nos firmáramos un cheque a 90 días estaría sin fondos cuando lo fuéramos a cobrar. Por eso la firma nos representa frente a otros, cuando la confianza no es suficiente para esperar que la palabra en el presente se transforme en acciones en el futuro.
También firmamos artículos, libros, pinturas, canciones. Les “ponemos nuestra firma”. Literalmente digo. Dibujamos unas líneas y unas rayas que representan quiénes somos. Aquí la firma, aun cuando no parece tan evidente, no es frente a otro, sino frente a los otros. En este caso no es para sustituir la confianza, sino para diferenciarnos como seres únicos y originales.
Vale decir que, en cualquiera de los casos, la firma es uno, o una portada de uno, frente al resto. En términos psicoanalíticos, la firma sería nuestro ego, o una faceta de él, con la que enfrentamos algunas situaciones cotidianas. Existen muchas otras; desarrollamos a lo largo de la vida una batería de máscaras y personalidades con las que interactuamos con el mundo. Cada una resuelve una situación dada sin la menor espontaneidad; más bien repitiendo hasta la inconciencia una respuesta ensayada que alguna vez nos sirvió, o le sirvió a alguien más y así la aprendimos. De esta forma tenemos nuestra faceta de padre o madre seguro e invulnerable aun cuando la vida nos pasa por encima, de amante cariñoso que pierde los límites de las necesidades propias para hacerse cargo de las ajenas, de trabajador responsable y meticuloso que no se anima a poner su energía en aquello que lo apasiona, de amigo leal que se desmorona de amor frente a la mujer de su amigo, de hijo enojado con sus padres por no haber podido darnos aquello que no somos capaces de construir para nuestros hijos, y miles más que cada uno de nosotros desarrolla a lo largo de la vida en nombre de vaya uno a saber qué libro de recetas para vivir mejor que nunca leímos.
El problema de la falta de espontaneidad es que dejamos de sentir lo que nos pasa para responder automáticamente. La emoción es la respuesta natural frente a una experiencia. Esa emoción es la que nuestro organismo necesita sentir para disponerse a una acción espontánea que resuelva la situación. Cuando dejamos de sentir solo pensamos ¿”qué debería hacer frente a esta situación”? En estos casos, el pensamiento reprime a la emoción que está naturalmente resolviendo la experiencia. Por ejemplo, nos encontramos con una persona que nos atrae y en lugar de permitir que la emoción del entusiasmo que nos provoca verla haga con nosotros alguna cursilería, pensamos qué sería mejor hacer, y decidimos, por ejemplo, “hacernos los importantes” y actuar fingiendo una seguridad que no sentimos. O quizás nuestro jefe o un compañero en el trabajo, o nuestro hijo, o un amigo nos dice o hace algo que nos enoja y en lugar de usar nuestro enojo para confrontar la situación y reclamar nuestro límite, callamos explicándonos y justificándonos con cualquier motivo. Tal vez los ejemplos no son los más ilustrativos para todos. Pero imagino que con poco esfuerzo todos podemos relacionarnos con nuestras respuestas aprendidas, automáticas, repetidas. En todos estos casos, el pensamiento sobrescribe a la emoción y dispara otra que nos lleva en otra dirección. La emoción originaria que era la que el organismo necesitaba para recuperar el equilibrio queda reprimida. Esa energía se aloja en algún lado, como una especie de tanque se va llenando y un día implota causándonos dolor o explota causando sufrimiento a los demás. Así vamos adoctrinando a nuestras emociones espontáneas y las cambiamos por otras gatilladas por pensamientos.
Convendría entonces preguntarnos de dónde vienen las máscaras, de dónde vienen las firmas, de dónde viene nuestro ego. De creencias, únicamente. Algunas avaladas por experiencias, pero sostenidas por la creencia de que siempre se va a repetir la misma situación, propia o ajena. Como a la madre de Clara fue abusada por su padre cuando tenía ocho años, cree que todos los hombres son abusivos, y busca particularmente a los que lo son para darse la razón. La hija de clara no ha conocido hombres todavía; siente miedo porque cree que todos son abusivos. Cuando un hombre se le acerca y ella siente atracción, rápidamente piensa -tan rápido que casi no se da cuenta- que es un abusivo. Entonces siente miedo y no le habla.
La triste realidad es que nos vamos adormeciendo, entumeciéndonos emocionalmente. Y no se puede dormir solo una emoción, así que se van durmiendo todas un poco. Y las cambiamos por otras que, en nuestra carrera por el control, creamos mediante nuestros pensamientos. Estas emociones no responden al organismo, sino sólo a una parte de él: el intelecto. Esas emociones también tienen el objetivo de lidiar con la experiencia, la diferencia es que lidian con la experiencia del intelecto, no con la experiencia del organismo. Trabajan para nuestro ego, y lo satisfacen, pobrecitas, sin saberlo. Al satisfacerlo lo alimentan, y lo hacen crecer. Esto paga con creces y aumenta el circuito de enriquecimiento de un ego cada vez más grande, cada vez más rígido.
Bien sabido es que las emociones delimitan las acciones, las predisponen. Detrás de cada emoción original, espontánea, que surge como resultado del contacto con una experiencia, hay una respuesta que es única. Esa respuesta es individual de cada ser. En esa respuesta reside nuestra originalidad, nuestra verdadera misión en la vida, a la que sólo podemos descubrir pero no planificar.
Resignar es entonces, quitar la firma, sacar el sello, desapegarse de esa máscara para acercarse a lo genuino. Resignar es aceptar lo que es, por encima de lo que debería ser. La resignación de la que hablo no es abandonar una lucha por saberla difícil o perdida. La resignación de la que hablo es darse cuenta de que a lo que me resigno es a una imagen creada por mi propio ego de lo que debería ser. Al resignarme, entonces, me encuentro con la Vida.
CABA, 30 de marzo de 2017