Celeste González

Celeste González ✨Transformo relaciones en conexiones reales
♥️ Especialista en terapia de parejas
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28/03/2026
28/03/2026

Semana Santa es para reconciliarte con Dios, NO con tu ex.
Les aviso porque ya los conozco.

Hay algo que muchas mujeres sienten… pero pocas saben poner en palabras.Esa sensación de estar dando siempre.De estar pa...
27/03/2026

Hay algo que muchas mujeres sienten… pero pocas saben poner en palabras.

Esa sensación de estar dando siempre.
De estar para todos.
De ayudar, de acompañar, de sostener…
y aun así, sentirse invisible.

No es casualidad.

Muchas crecieron siendo “las fuertes”, las responsables, las que no molestaban, las que resolvían solas. Y eso, que desde afuera parece una virtud, muchas veces es una forma silenciosa de abandono emocional.

Porque cuando alguien “puede sola”… dejan de mirarla.
Dejan de cuidarla.
Dejan de preguntarse qué necesita.

Y así se aprende, sin darse cuenta, a no pedir.
A demostrar valor todo el tiempo.
A creer que el amor hay que ganárselo.

Después, en la vida adulta, ese patrón se repite.

Se eligen vínculos donde hay que esperar, donde hay que tener paciencia, donde hay que entender todo… pero del otro lado no hay el mismo nivel de presencia, de cuidado o de compromiso.

Y entonces aparece la pregunta más dolorosa:

“¿Qué hay de malo en mí?”
“¿Por qué a mí no me cuidan?”

La respuesta no es que haya algo mal.
La respuesta es que hay una herida.
No es falta de valor.
Es falta de haber sido vista a tiempo.

Y cuando una persona crece sintiéndose invisible, muchas veces aprende a ser fuerte hacia afuera… pero queda muy vulnerable por dentro.

Por eso no se trata de “ser menos buena”.
Ni de endurecerse. Ni de dejar de sentir.

Se trata de algo mucho más profundo:
empezar a reconocerse.
Dejar de probar cuánto valés.
Dejar de esperar que alguien cambie.
Dejar de quedarte donde no te eligen.
Y empezar, de a poco, a elegir distinto.

Sanar no es dejar de sentir dolor.
Es entender de dónde viene… y no seguir repitiéndolo.

27/03/2026

Cuando alguien se está ahogando, no es el momento de enseñarle a nadar. Extendéle la mano.

Hay algo que duele más que un error: la indiferencia disfrazada de inocencia. Porque una cosa es no saber… y otra muy di...
25/03/2026

Hay algo que duele más que un error: la indiferencia disfrazada de inocencia. Porque una cosa es no saber… y otra muy distinta es hacerse el desentendido.

Hay personas que te miran a los ojos, escuchan lo que te pasa, ven cómo te afecta… y aún así eligen no intervenir. No decir nada. No hacerse cargo. Después, cuando todo estalla, aparece la excusa perfecta: “yo no sabía”, “no me di cuenta”, “no era mi intención”.

Pero sí sabían.

Lo sabían por tus silencios. Por tus cambios.
Por las cosas que evitabas decir para no generar conflicto. Lo sabían porque no hace falta que alguien grite para entender que algo duele.

Entonces no, no siempre es que “no saben lo que hacen”. A veces lo saben perfectamente.
Solo que no les importas lo suficiente como para dejar de hacerlo.

Una de las excusas más absurdas que escucho en el consultorio es esta: “no pude ejercer la paternidad porque ella no me ...
25/03/2026

Una de las excusas más absurdas que escucho en el consultorio es esta: “no pude ejercer la paternidad porque ella no me hizo parte”.

Como si ser padre dependiera de que una mujer te dé permiso. Como si alguien tuviera que asignarte tareas para que reacciones. Como si no supieras, por sentido común, que un hijo necesita presencia, cuidado, tiempo y responsabilidad.

Se quedan en un lugar cómodo, esperando indicaciones, como si fueran espectadores de su propia paternidad. “Si no me dijo nada, entonces no hago nada”. Y así, la carga cae completamente sobre la madre… mientras ellos se justifican.

No se ofrecen. No preguntan. No se involucran. Esperan que alguien los dirija.

Y lo más grave es que después trasladan la culpa: “yo estaba, pero ella no me dejó”.

No. Ser padre no es un rol pasivo. No es opcional. No es algo que se activa cuando te dan órdenes.

Si a una madre nadie le dijera qué hacer, igual lo haría. Porque entiende que hay una vida que depende de ella.

La paternidad también debería nacer de ahí: de la responsabilidad, no de la excusa.

Hay algo que muchas personas se preguntan y pocas se animan a decir en voz alta: ¿por qué la familia del agresor lo cubr...
24/03/2026

Hay algo que muchas personas se preguntan y pocas se animan a decir en voz alta: ¿por qué la familia del agresor lo cubre?

¿Por qué hay madres, padres o incluso abuelos que saben que alguien está lastimando y aun así eligen callar, justificar o mirar para otro lado?

Primero, hay algo muy humano y muy incómodo de aceptar: reconocer que un hijo, un hermano o un padre es una persona que daña implica romper una imagen interna muy fuerte. Nadie quiere pensar “crié a alguien que lastima”, “mi hijo es un abusador” o “mi pareja es violento”. Entonces aparece la negación, las excusas, el “no es tan así”. No es que no vean, es que no pueden tolerar lo que significaría ver con claridad.

Después aparece el peso del mandato familiar. En muchas familias existe una lógica implícita de lealtad: “la familia no se traiciona”, “los problemas se resuelven puertas adentro”, “no se expone a los de afuera”. Este tipo de creencias construyen un silencio cómplice. Denunciar o enfrentar al agresor es vivido como una traición, no como un acto de justicia. Entonces se protege al miembro del grupo, aunque eso implique dañar a la víctima.

Pero hay algo más profundo todavía. Cuando alguien siempre encuentra quien lo justifique, quien lo tape o quien lo defienda… no tiene motivos reales para cambiar. La impunidad no solo lo protege, lo sostiene.

Por eso este tema no es solo del agresor. Es de todo el entorno que lo permite. Y hay una verdad incómoda que cuesta asumir: el silencio nunca es neutral. Aunque no lo digan, están siendo cómplices.

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