04/05/2015
Compartimos con ustedes una carta enviada por el Prof. José María Carrera, tras recibir el título de Doctor Honoris Causa, leída por Sergio Provenzano.
Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires
Profesores Universitarios
Ilustres Académicos
Autoridades todas
Colegas y amigos (pausa)
Señoras y Señores
Como ustedes saben, por problemas de salud el Prof. José María Carrera hoy lamentablemente no nos puede acompañar. Es por ello que me solicitó que, con la venia de la Universidad, les lea el discurso que con motivo de la ocasión con tanta ilusión había preparado.
El mismo dice así:
Les aseguro que para mí es un gran honor recibir el título de Doctor Honoris Causa de esta Universidad. Digo mas, creo que, por este motivo, hoy es uno de los días más felices de mi vida.
Recibo este honor, cuando ya estoy entrando en el invierno de mi vida, cuando todas las cosas se perciben con una perspectiva diferente. Una perspectiva que te aleja de la lucha por añadir oropeles al currículo, porque ya no disputas con nadie favores, nombramientos o lugares de privilegio.
Desde esta atalaya al final de una prolongada vida académica, lo único que se valora son cosas tan intangibles como fundamentales: la amistad, la fraternidad y el respeto.
Buenos Aires ha sido durante mis cincuenta años de vida profesional activa, mi puerto de llegada al Nuevo Mundo en 12 ocasiones. Siempre con el objetivo de intercambiar conocimientos y g***r de la compañía y amistad de mis buenos amigos argentinos. Al cabo de los años uno olvida fácilmente el título de las charlas que dio, o las discusiones científicas que protagonizó, pero no olvida jamás las caras de las personas que compartieron con él aquellos días, especialmente si uno tuvo la suerte, como yo, de relacionarse con lo mejor de la Obstetricia y Ginecología de este gran país. Con hombres y mujeres inteligentes que absorbían con fruición todo lo nuevo y que amaban su profesión, como amaban también emocionalmente su patria y su bandera albiceleste.
Recuerdo muy bien aquellos próceres argentinos que acaudillaban la obstetricia de aquella época y que se ganaban, inmediatamente, mi respeto. Hombres de convicciones profundas, bregados en el día a día hospitalario y que sin despreciar lo nuevo, reclamaban respeto por las técnicas de siempre.
Recuerdo emocionalmente a gigantes de la Obstetricia argentina universal como Beruti, Votta, Lagruta, Uganda-Imaz, Margulies, Larguia, Arrighi, Di-Paola, Nicholson, Lavalle, Illia y muchos otros, que han sido o aún son, no sólo grandes clínicos y cirujanos, sino también unos fabulosos profesores universitarios.
En aquellos primeros viajes me hice además amigo de colegas inquietos que querían saber qué se hacía en Europa, y que después han ocupado puestos de responsabilidad en el país. Nombres como por ejemplo Liliana Voto, Mario Palermo, Carlos Bruguera, Ricardo Corona, Osvaldo Parada, Enrique Gadovv, Jorge Firpo, José María Martínez, Santiago Elizalde y Carlos Rafael Ortega, muchos de los cuales están presentes hoy aquí.
Debo confesar que Buenos Aires fue para mí, cuando era un niño, un lugar mítico. Un lugar rodeado de misterio y de evocaciones tan misteriosas como maravillosas.
Un lugar con el que yo fabulaba constantemente. Y ello era debido que mi pare a los 20 años emigró a Buenos Aires, para reunirse con un tío supuestamente rico, pero que quería que mi padre se dejase la piel en el trabajo, lo que motivó su regreso a España dos años después. Pero aquellos años marcaron la vida de mi padre, que toda su vida tomó mate y que hasta el final de sus días desterró la Z de su vocabulario y habló porteño. Y de paso marcó también mi vida, porque contaba cosas extraordinarias de la gran metrópoli del Sur, que hacían volar la imaginación de aquel niño que en España vivía los días más oscuros y sin poesía de la Dictadura.
Pero mi fijación con Argentina siguió también en mi etapa de adolescencia. Me acuerdo perfectamente de la visita de Eva Perón a España, que trajo trigo y alubias a un pueblo que acababa de salir de una guerra incivil y pasaba hambre. De eso hace 65 años y sin embargo el hecho aun es recordado: Hay en Barcelona un barrio, que inauguró Evita y que se llama popularmente la Perona.
Y en los mercados se venden unas alubias un poco diferentes de las demás, que reciben el nombre de peronas. Todo esto, junto con la experiencia bonaerense de mi padre quedó grabado a fuego en mi memoria y me reafirmó en mi idea de que Argentina, y muy especialmente Buenos Aires, era una Arcadia feliz.
Cuando inicié mis estudios de Medicina, debo decir que mi primer libro de Obstetricia fue el León, y mi primer libro de Fisiología, el Houssay. Ambos libros me permitieron adentrarme en la fabulosa Escuela Médica bonaerense. Asimismo seguí de cerca todas las publicaciones y revistas científicas argentinas, gracias a que mi primer Maestro, el Prof. Santiago Dexeus Font, las recibía todas de forma puntual.
Ya ven, por tanto, que mi amor por esta ciudad, por este país y por su Escuela Médica, no es nuevo. Se ha ido fraguando a lo largo de toda una vida y es por ello, que la concesión de este Doctorado Honoris Causa por parte de su más alta Institución Académica, es para mí no sólo un gran honor, sino también la culminación de un sueño de juventud.
Muchas gracias a todos
José María Carrera