19/03/2026
A veces, en la clínica, la mirada se posa rápido en lo que falta: la palabra, el juego simbólico, la representación.
Pero si nos detenemos un poco más, algo distinto aparece.
Un niño que llena y vacía, que introduce y saca objetos una y otra vez, no repite sin sentido. Está explorando, probando, organizando su experiencia.
En ese ir y venir, construye algo del control, de los límites, de la continuidad. Tal como plantea Bernard Aucouturier, el placer sensoriomotor es una base necesaria para que luego pueda surgir la simbolización.
Sin embargo, no siempre es sencillo. Cuando algo no resulta, cuando el objeto no responde, aparece el “des-borde”: el llanto, la descarga, la emoción en estado puro.
Y aun así, en medio de ese desajuste, hay algo que se sostiene: el niño busca al otro, lo convoca, pide ayuda. Como diría Henri Wallon, la emoción también es vínculo.
Aunque la palabra aún no esté, el niño dice. En sus gestos, en sus acciones, en su modo de habitar el juego. Porque, como plantea Daniel Calmels, el cuerpo no solo actúa: también produce sentido.
Quizás entonces la pregunta no sea qué falta, sino qué se está construyendo.
Porque antes de la palabra,
antes del juego simbólico,
hay un cuerpo que necesita organizarse,
sentirse seguro,
encontrar sostén.
Y es ahí, justamente, donde empieza el trabajo clínico.