21/12/2025
Las fiestas, para quienes viven en movimiento, suele sentirse como una especie de frontera emocional: un punto del calendario donde lo que se extraña se vuelve más nítido, y lo que se ha construido en el nuevo lugar se vuelve más valioso.
Migrar hace que estas fechas se habiten distinto.
A veces, con la mesa reducida a dos platos.
A veces, con una videollamada que hace de puente entre dos mundos.
A veces, con la sensación de estar entre casas: ya no del todo allá, todavía no del todo acá.
Pero también es un tiempo donde emergen pequeños gestos que sostienen: un mensaje que llega a tiempo, una amistad nueva que invita a compartir, una receta que viaja en la memoria, un ritual que se reinventa lejos del país de origen. En la migración, la Navidad se vuelve un espacio donde lo afectivo se reordena, donde cada persona arma su propio pesebre interno con lo que tiene a mano: recuerdos, ausencias, deseos y una cuota de esperanza.
En este fin de año, te invito a reconocer lo que sí construiste en el camino: la valentía de empezar de nuevo, la capacidad de adaptarte, la sensibilidad para sostenerte aun cuando lo conocido quedó lejos.
Que estos festejos no sean una prueba, sino un refugio.
Un momento para hacer pausa, respirar y darte crédito por estar donde estás.
Y que el 2026 —o el año que estés por comenzar— te encuentre en movimiento, sí, pero también en calma: con un pie en tu historia y otro abriendo espacio para lo que viene.
Con cariño,
Diván Viajero