27/08/2020
La mayoría de nosotros inicia la práctica de yoga por no estar muy felices, por estar sufriendo y porque queremos cambiar. Yo no tenía dificultades físicas, pero estaba estresada emocionalmente e infeliz por sentir que mi relación con otres era, por lo general, superficial.
Cuando comencé a practicar yoga me sentía como si fuese mil personas diferentes. Tenía una personalidad que utilizaba para ser respetada en el trabajo, tenía otra para ser aceptada por mis amigas, otra que usaba para ser amada por mi novio, y una cuarta cuando estaba con mi familia.
Esas categorías amplias se subdividían. Por ejemplo, en el trabajo yo era diferente con cada persona y con cada situación. Eso fue creando un chirrido de voces en mi cabeza, que me causaba angustia. A veces, me resistía a permitir que las personas de categorías diferentes se mezclaran, porque eso intensificaba mi angustia.
Quería encontrar quien era yo. En mi interior sabía que mi sanación comenzaría en encontrar mi verdadera y única cara y aceptarla.
La práctica de yoga me ayudó a ir en el sentido de esa claridad y quietud.
Una vez hecho ese primer paso, el segundo fue tratar de no crear más sufrimiento para mí.
¿Cómo evitar crear más sufrimiento para nosotres mismes?
Actuando, sintiendo y siendo conforme las leyes de la naturaleza.
Esos son los dos primeros pasos del yoga: yamas o restricciones y niyamas u observancias, desprovistos de juzgamientos, sin inferir si somos buenos o malos, sino que sugieren que, eligiendo determinado comportamiento, obtendremos determinados resultados.
Patanjali. Yoga Sutras, 200 años A.C. aprox.