15/03/2026
Te contamos uno de esos momentos únicos que te regala India.
Somos los creadores y consumidores de nuestra propia realidad.
Era temprano, recién amanecía a orillas del lago sagrado de Pushkar. Sentados en los peldaños de uno de sus ghats. Observábamos la vida diaria despertar entre rituales y baños familiares.
Apareció entre la niebla un yogui solitario, decidido, centrado, con la mirada puesta más allá de la realidad. En occidente le llamaríamos loco. Aquí se les llama yoguis realizados.
Sentado con las piernas cruzadas en postura fácil de meditación permaneció un momento en silencio. Su imagen se reflejaba en el cristal del lago. Le siguió la voz, palabras repetidas como mantras resonaban en todas direcciones. El eco de sus afirmaciones e invocaciones hacía estremecer las fibras más sensibles de nuestra interioridad.
Nos sentamos cerca. Yo muy cerca. Igual recogíamos algo más, pensamos. Es común en india, una bendición, sentarse cerca de los yoguis.
Al finalizar, cuando inclinándose agachó la cabeza para tocar el suelo con la frente en señal de reverencia, una serpiente emergió del lago clavando su mirada en él. Antes de que pudiera reaccionar y darme cuenta de lo que realmente estaba presenciado, el cuerpo delgado de ese ser serpentino, Naga, se elevó un poco más girándose hacia mi. Entonces me sobrecogí (como se ve al final del vídeo) y busqué con la mirada a Carla en el intento de que pudiera ver en mis ojos una de aquellas escenas mágicas, poderosas, que la India regala.
Los Nagas, en la mitología hinduista y budista son considerados seres divinos. Semidioses custodios de lugares sagrados y protectores de la sabiduría. Tal vez, existan realidades que no puedan expresarse incluso una vez vividas.
Shiva lleva una serpiente en el cuello.
Vishnu descansa sobre el cuerpo de una de ellas. La energía vital, kundalini, es representada también con una serpiente.