04/05/2026
Estos tiempos me piden habitar la firmeza, una que accione, que tome decisiones desde una lentitud, para no ser tomado por la velocidad de la máquina que distorsione la práctica de la presencia.
Me mantengo expectante del mundo normótico, moviendo piezas pequeñas para no llamar tanto la atención, generando impactos sutiles, profundos, sostenibles en los vínculos de un entorno íntimo.
Contagio la visión de un solo pulso que sostiene los hilos que nos unen a través de una individualidad colectiva. Trato de conectar desde la simpleza. Camino por la calle y espero que alcen sus rostros para conectar con sus miradas, esbozando una sonrisa que exprese, en el silencio de ese encuentro efímero, la profundidad de vernos, agradeciendo con el gesto universal, agachando la cabeza en un “gracias”.
Hoy impactás a cualquiera con una sonrisa o un saludo; parece subreal en un mundo tan lógico. Lo racional sería que me den un “like” en un gesto de amabilidad y nos miren a través de una pantalla.
En fin, me comparto, me expongo en los medios que este sistema controla, donando el cielo que siento habito, experimento y referencio desde mi interior, proyectándolo al exterior de una manera filantrópica, desde la etimología de la palabra, algo así como filantropía contemplativa, generando nuevos tejidos vinculares que deseen donarse al servicio del otro, dejando que el espacio nos transforme.
Me cuesta estar cansado, ya que en el cielo estoy sostenido por una hoja en blanco todos los días. También debe ser porque recién tengo 30 años y mi mente es la de un niño que juega todos los días a hacer de adulto, aunque por momentos las tinieblas me confrontan; las enfrento con alegría, entre algunos llantos y gritos, pero me mantengo firme, listo para laborar.
Aún debo pulir muchas capas, pero se van disolviendo en el hacer, dejándome ser, exponerme, desnudarme, incomodarme, hacerme preguntas y repreguntarme para contemplar las respuestas que se manifiestan en forma de mundo.