13/04/2026
Somos expertos en pedir, somos campeones en clamar cuando el agua nos llega al cuello, pero muchas veces, tenemos una memoria muy frágil para agradecer.
Piénsalo un momento. Recuerda la última vez que estuviste en una verdadera crisis. Quizás era un diagnóstico médico aterrador, una deuda que no te dejaba dormir o un problema grave con uno de tus hijos. ¿Cómo orabas en esos días? Llorabas, ayunabas, hacías promesas, no te perdías ni un solo servicio en la iglesia; tu oración era un grito desesperado. Pero luego, Dios, en su infinita misericordia, movió su mano. El examen médico salió limpio, el dinero apareció, el problema se resolvió. ¿Y qué hicimos? Suspiramos de alivio, le mandamos un mensaje a toda la familia celebrando, y quizás soltamos un rápido "gracias, Señor" mientras íbamos corriendo a seguir con nuestra rutina.
El profeta Habacuc nos da hoy una lección que debería sacudirnos el corazón: "Estoy lleno de asombro". Hemos perdido nuestra capacidad de asombro ante las obras de Dios. Nos acostumbramos tanto a sus bendiciones que empezamos a ver los milagros como si fueran simples coincidencias o el resultado de nuestro propio esfuerzo. Tratamos las respuestas de Dios como si fueran un paquete que nos entrega el cartero: lo abrimos, lo usamos y nos olvidamos de quién lo envió.
Aplicación Práctica
Para que esta enseñanza no se quede solo en palabras, te animo a poner en práctica estos tres consejos en tu vida diaria:
El "Diezmo" de tu tiempo para agradecer: La próxima vez que recibas una buena noticia o una oración contestada, no corras a contárselo a nadie todavía. Dedica los primeros minutos exclusivamente a cerrar la puerta, arrodillarte o levantar tus manos, y darle las gracias a Dios en secreto. Que Él sea siempre el primero en escuchar tu celebración.
Lleva un historial de milagros: Usa las notas de tu celular o un pequeño cuaderno en tu mesa de noche. Cada vez que Dios responda una oración, por pequeña que parezca, anótala. Cuando vengan los días oscuros y sientas que tu fe flaquea, lee esa lista y deja que el asombro vuelva a llenarte.
Conviértelo en un testimonio: La gratitud se multiplica cuando se comparte. Esta misma semana, cuéntale a alguien (un compañero de trabajo, un familiar o un amigo) algo increíble que Dios hizo por ti recientemente. Tu agradecimiento puede ser la chispa que encienda la fe de alguien más.
Mi amado hermano y amiga, NUNCA olvides que cada respiración que das, cada día que abres los ojos y cada batalla que ganas, lleva la firma del amor de Dios. No dejes que la rutina te robe la alegría de ver a tu Padre celestial obrar en tu vida. Celebra cada pequeña victoria, asómbrate como un niño ante sus maravillas y deja que la gratitud perfume todo tu día. ¡Te mando un abrazo inmenso, lleno de cariño, y ruego que hoy Dios te sorprenda tanto que no te alcancen las palabras para agradecerle!