05/02/2026
Los berrinches en un adulto no son simples explosiones de carácter, son heridas que se manifiestan. Y esas heridas no distinguen roles: pueden aparecer en una pareja, en un jefe, en un padre, en un hijo, en un amigo. El berrinche es la forma en que una persona inmadura intenta controlar lo que no sabe gestionar dentro de sí.
Un adulto berrinchudo grita porque en su infancia fue callado. Humilla porque alguna vez fue humillado. Se ofende por todo porque nunca aprendió a sostener la frustración. Se victimiza porque no sabe cómo hacerse responsable de sus actos. Y así, repite patrones que no son nuevos, son ecos de una historia que no se resolvió.
En la pareja, el berrinche se ve en quien exige amor como si fuera un derecho, pero no sabe darlo sin condiciones. En el trabajo, se ve en el jefe que grita, manipula o ridiculiza, creyendo que la autoridad se mide en miedo. En la familia, se ve en el padre o madre que nunca pide perdón, que siempre tiene la razón, que bloquea y regresa, que amenaza y luego se victimiza. En la amistad, se ve en quien se aleja cuando no obtiene lo que quiere, y vuelve solo cuando necesita algo.
Comprender esto no significa justificarlo. Significa reconocer que detrás de cada berrinche hay una herida no sanada. Pero también significa saber que no es tu tarea cargar con esa herida. La compasión no es aguantar abusos. El amor no es permitir que te destruyan. La paciencia no es dejar que te arrastren a su guerra personal.
Un adulto que hace berrinche no busca acuerdos, busca ganar. No escucha para comprender, escucha para contestar. No dialoga para construir, dialoga para imponerse. Y frente a alguien así, lo más sabio es poner límites claros. Porque tu paz no es negociable, tu dignidad no es un lujo, tu silencio no es debilidad. Es tu forma de decir: “yo no voy a repetir lo que me dolió”.
La madurez se mide en la capacidad de sostener una emoción sin destruir al otro. Se mide en poder decir “me equivoqué” sin disfrazarlo de ataque. Se mide en comprender que el otro también existe, y que no todo gira en torno a uno mismo.
Todos podemos caer en el berrinche, porque todos tenemos heridas. Pero la diferencia está en si elegimos repetirlas o transformarlas. El adulto que se atreve a mirar hacia adentro, a reconocer sus vacíos, a responsabilizarse de sus actos, deja de gritar y empieza a hablar. Deja de humillar y empieza a respetar. Deja de victimizarse y empieza a sanar.
Y ahí está la verdadera fuerza: no en imponerse, sino en comprender. No en controlar, sino en soltar. No en ganar, sino en crecer.
Por Nelson Zamora