24/08/2025
En vez de deshacerse de él, eligieron construirle una silla de ruedas acuática.
En 2017, en San Antonio (Texas), el gerente de la tienda Aquarium Designs, Derek Burnett, recibió a Wally, un pez dorado con trastorno de la vejiga natatoria: se inclinaba, se hundía y apenas podía moverse. En lugar de darse por vencido, Derek probó otra ruta: construirle un arnés flotante —lo que muchos empezaron a llamar una “silla de ruedas acuática”— para devolverle el equilibrio.
Usó tubos de aire, espuma ligera y bridas, ajustando el conjunto hasta encontrar la flotabilidad justa: que Wally quedara erguido, sin dolor y con libertad para moverse. Cuando por fin funcionó, el cambio fue inmediato: volvió a nadar, a comer con calma y a “pasear” por el acuario sin quedarse pegado al fondo. La escena se hizo viral por lo que transmitía sin palabras: ingenio puesto al servicio del cuidado.
No fue un gran laboratorio ni una tecnología cara. Fue observar, probar y ajustar hasta que un pez diminuto recuperó su día a día. A veces, ayudar es eso: encontrar un soporte simple que le devuelva a alguien —aunque pese unos gramos— su manera de estar en el mundo.