06/02/2026
El conocimiento es poder.
En este caso si te permites leer el POS, conocimiento para ayudar...
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El acoso sexual y el acoso en general se entienden como fenómenos sostenidos por contingencias coercitivas, asimetrías de poder y contextos que inhiben la respuesta defensiva y refuerzan el silencio. No se trata de rasgos personales ni de “falta de carácter”, sino de cómo los organismos responden ante amenaza y vulnerabilidad.
Ante una situación de acoso, el congelamiento, la parálisis, la complacencia o la desconexión no requieren necesariamente una historia previa de abuso para aparecer. Son respuestas ampliamente documentadas del sistema nervioso ante peligro, incluso cuando la historia de aprendizaje es principalmente social y cultural: normas que castigan alzar la voz, mandatos de género, jerarquías laborales, académicas o institucionales, y reglas implícitas del tipo “mejor no hagas ruido”, “no exageres”, “vas a perder más de lo que ganas”. Estas contingencias son suficientes para inhibir la acción, aun sin experiencias traumáticas previas directas.
Por ello, la dificultad para denunciar o hacerlo tiempo después no invalida el hecho ni lo vuelve falso. El tiempo, el contexto y los costos anticipados de responder son variables funcionales, no indicadores de credibilidad. Exigir una reacción “ideal” es desconocer cómo opera la conducta bajo amenaza.
Revictimizar ocurre cuando se pide coherencia emocional, rapidez, claridad narrativa o valentía retrospectiva. Eso reproduce la misma contingencia aversiva que mantuvo el silencio. Acompañar éticamente implica validar la experiencia sin forzar relatos, respetar el ritmo, ampliar alternativas de acción y devolver control, no dirigirlo.
En consulta, nuestra tarea no es investigar ni juzgar, sino analizar funciones: qué mantiene el silencio, qué castiga la denuncia, qué apoyos faltan y qué valores están comprometidos. Desde ACT, se busca reducir la evitación experiencial, aumentar flexibilidad psicológica y apoyar acciones coherentes con valores como seguridad, dignidad y autocuidado, incluso cuando denunciar no sea posible o deseado en ese momento.
Es indispensable nombrar que el acoso también ocurre entre profesionales de la salud y, de manera especialmente grave, del terapeuta hacia consultantes o entre colegas. La relación terapéutica es una relación asimétrica por definición, y cualquier conducta sexualizada, intimidante o invasiva constituye una violación ética, independientemente de la intención declarada. Callar, minimizar o “cerrar filas” protege al agresor y daña a la profesión.
Dentro y fuera del consultorio, la postura ética es clara: no relativizar, no bromear, no neutralizar. El acoso no es un malentendido, es una conducta mantenida por contextos permisivos. Y en estos temas, la neutralidad no es neutral: es funcional al daño.