22/04/2026
A veces pienso en todo el tiempo en que Dios no me dio lo que yo pedía. Mientras tanto, estudié, hice cambios trascendentales, fui a terapia, viajé a mi interior y conocí muchas cosas de mí; cambié otras, por supuesto. También lloré, mi fe se quebró muchas veces, me sentí sola, incomprendida, incómoda; sentí que no encajaba ni pertenecía a este mundo. Quise huir. Pero, al final, no tenía a dónde más ir, por eso siempre volvía a Dios.
Le pedía que me hablara, y lo hacía. Le pedía que fuera más claro porque no lo entendía, y también lo hacía. Le pedía que me dijera exactamente lo que tenía que hacer, y me lo decía. Luego me arrepentía porque sus pruebas eran muy duras, hasta que comprendía. Perdí varias veces la paciencia, me juzgué porque era un "ser espiritual" que sentía rabia y frustración, abandoné, hice pataleta y luego volvía. Y a pesar de todo, Dios siempre estuvo ahí, abrazándome, amándome, pero también respetando mis decisiones, mis tiempos y mis aprendizajes.
Hoy en día, he transformado cada dolor en algo muy importante. Cada situación difícil que he vivido hoy es un post, un curso o un libro. Entendí que todo tiene un propósito, y que el sentido de la vida es el que tú le das a cada situación que vives.
Por eso, eso que te está pasando hoy puede ser lo peor que te ha pasado, o lo mejor que te ha podido pasar. Todo depende de los ojos con los que estés mirando.
Angélica Sofía