Dra. Luz Miriam Forero González

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04/04/2026

A John Dewey se le ha llamado de todo, desde el padre de la educación moderna hasta el hombre que "arruinó" la disciplina escolar. Una de las críticas más persistentes contra su modelo pedagógico es que debilitó irremediablemente la autoridad del maestro.

Pero, ¿qué hay de cierto en esto? ¿Fue Dewey un promotor del caos o simplemente un visionario incomprendido?

Antes de Dewey, el aula era un sistema solar donde el maestro era el sol y los alumnos planetas estáticos. La autoridad emanaba del miedo, la repetición y el castigo. Dewey propuso poner al niño en el centro.

Al convertir al estudiante en un sujeto activo y al maestro en un facilitador de experiencias, muchos sectores conservadores sintieron que se estaba dinamitando la jerarquía. Si el maestro ya no es la única fuente de verdad absoluta, ¿qué le queda para mantener el orden?

Las Tres Críticas Principales a su Modelo

1. La pérdida del control disciplinario: Se acusó a la "escuela activa" de convertir las aulas en centros de recreo donde el interés del niño primaba sobre el rigor académico.

2. El fin de la jerarquía tradicional: Para sus detractores, el hecho de que el maestro interactuara horizontalmente con el alumno eliminaba el respeto institucional.

3. La "debilidad" democrática: En contextos como la Guerra Fría, se llegó a decir que sus métodos no preparaban a los jóvenes para la obediencia y el esfuerzo que exigía el mundo real.

Lo que muchos ignoran es que el propio Dewey estaba horrorizado por cómo algunos aplicaban sus ideas. En su obra de 1938, Experiencia y educación, dejó claro que:

> "La libertad no es algo que se dé por decreto, ni es la ausencia de dirección."

Él no quería eliminar la autoridad, quería legitimarla. Para Dewey, un maestro no debe ser obedecido porque tiene un bastón en la mano, sino porque es capaz de organizar un entorno de aprendizaje tan estimulante que el alumno acepte su guía voluntariamente. La autoridad no muere, se transforma de coercitiva a colaborativa.

Hoy, el debate sigue vivo. Cada vez que escuchamos que "los jóvenes ya no respetan a los profesores" o que "el sistema actual es demasiado blando", estamos escuchando ecos de las críticas que se le hacían a Dewey hace 100 años.

La realidad es que el modelo de Dewey exige más, no menos, del maestro. Es mucho más fácil mandar a callar por la fuerza que diseñar una experiencia educativa tan potente que el silencio y el respeto nazcan del interés genuino por aprender.

¿Qué opinas tú? ¿Crees que la pedagogía moderna ha sacrificado la autoridad en el altar de la libertad del alumno, o simplemente estamos aprendiendo a construir un respeto más sano y real?

𝐏𝐬𝐢𝐜𝐨𝐥𝐨𝐠í𝐚 𝐏𝐚𝐫𝐚 𝐃𝐨𝐜𝐞𝐧𝐭𝐞𝐬

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04/04/2026
04/04/2026

En el ecosistema escolar prevalece una paradoja muy injusta, cuanto más se compromete un docente con su labor, más pesada se vuelve su carga, mientras que aquel que opta por el desapego encuentra en la estructura directiva un inesperado santuario. Esta contradicción no es un error de cálculo administrativo, sino el síntoma de una patología en el liderazgo educativo que ha transformado la equidad en una forma de castigo al talento. En muchas de nuestras instituciones, la eficiencia no se premia con reconocimiento, sino con más trabajo, bajo la lógica perversa de que "es mejor encargarle la tarea al que sí la hace". Así, la escuela se convierte en un escenario donde la responsabilidad es penalizada y la negligencia es, de facto, subvencionada por el esfuerzo ajeno.

El origen de este fenómeno suele hallarse en una gestión escolar que ha confundido la "armonía laboral" con la evitación sistemática del conflicto. El directivo que ejerce el favoritismo hacia el docente incumplido no lo hace necesariamente por una afinidad personal, sino por una economía de esfuerzos emocionales. Es mucho más sencillo exigirle un esfuerzo extra al docente comprometido (quien, por ética profesional, difícilmente dirá que no) que confrontar al docente resistente, cuya respuesta habitual es el conflicto, la queja sindical o el sabotaje pasivo.

Esta dinámica crea una estructura de impunidad donde el liderazgo se vuelve líquido. Al no existir consecuencias para la falta de compromiso, la normativa se vuelve elástica para unos y rígida para otros. La gestión deja de basarse en objetivos pedagógicos para centrarse en la supervivencia política del directivo, quien prefiere sobrecargar a sus "pilares" antes que gestionar la fricción que genera la exigencia de mínimos profesionales a quienes se han instalado en la ley del mínimo esfuerzo.

Desde una perspectiva de análisis institucional, esta situación revela un quiebre en el contrato social de la escuela. Cuando un docente observa que su colega del aula contigua incumple horarios, desatiende planeaciones o ignora las necesidades de los alumnos sin recibir amonestación alguna, se produce una erosión de la legitimidad institucional. La autoridad del directivo se desvanece por la arbitrariedad de su silencio.

Esta "arquitectura de la impunidad" se sostiene sobre un reparto desigual de la carga emocional y técnica. La escuela, en su afán por mantener las puertas abiertas y los indicadores mínimamente estables, permite que el peso de la innovación y el cuidado recaiga exclusivamente en un pequeño grupo. A largo plazo, esto genera un fenómeno de segregación interna: una casta de docentes "solucionadores" que sostienen el sistema y una casta de "protegidos" que habitan los márgenes de la responsabilidad, amparados por un liderazgo que teme la rendición de cuentas.
El impacto psicológico de este favoritismo hacia la negligencia es importante. Para el docente joven y talentoso, que ingresa al sistema con un alto sentido de la autoeficacia y el deseo de transformación, encontrarse con este muro de injusticia provoca una disonancia cognitiva insoportable. Se le pide excelencia en el discurso, pero se le ofrece desamparo en la práctica.

Desde la psicología social, esto alimenta el resentimiento colectivo. El grupo de docentes comprometidos comienza a experimentar lo que se conoce como "fatiga por compasión" y un agotamiento cínico. La percepción de que el esfuerzo es irrelevante para el progreso profesional o para la valoración directiva destruye el clima organizacional. El talento joven, al no encontrar un terreno fértil ni un arbitraje justo, opta por el "éxodo silencioso": o bien abandonan la profesión, o bien aprenden que, para sobrevivir emocionalmente, deben mimetizarse con la mediocridad imperante. La impunidad, por tanto, no solo protege al indolente, sino que educa al comprometido en el desánimo.

Aquí emerge el núcleo ético del problema: ¿Cuál es la responsabilidad última de un directivo escolar? Si su prioridad es evitar el conflicto interno a toda costa, está traicionando la misión pedagógica de la institución. La gestión que premia la ley del mínimo esfuerzo es, en última instancia, una gestión que desprotege al estudiante. Cada vez que un directivo permite que un docente no cumpla con su labor, está validando que el derecho a la educación de los alumnos es negociable en función de la comodidad administrativa.

Es una tensión moral entre la "ética del cuidado de la armonía" y la "ética de la justicia profesional". Un liderazgo ético debería comprender que la equidad no consiste en dar a todos lo mismo, sino en exigir a todos según el compromiso adquirido y distribuir las cargas de manera que el entusiasmo no termine en patología. La impunidad es una forma de violencia institucional sutil, desgasta al que aporta y fosiliza al que resta.

No podemos seguir analizando la crisis educativa solo desde los presupuestos o los planes de estudio. Es urgente mirar hacia el interior de las aulas y los despachos directivos. Mientras la gestión escolar siga siendo un refugio para el incumplimiento, cualquier intento de mejora pedagógica será superficial.

¿Cuántos docentes brillantes estamos dispuestos a perder en nombre de la paz burocrática de un directivo? Si la escuela debe ser el lugar donde se aprende el valor del mérito y la responsabilidad, no puede seguir operando bajo una estructura que enseña, precisamente, lo contrario. La verdadera reforma educativa empieza por desmantelar la arquitectura de la impunidad y devolverle al compromiso el lugar de honor que nunca debió perder.

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03/04/2026

Históricamente, la figura del docente en el aula gozaba de una prerrogativa que hoy parece casi mítica: un respeto previo, una especie de crédito de autoridad que el maestro portaba como parte de su uniforme institucional. Sin embargo, en la actualidad nos enfrentamos a una paradoja punzante. Nunca se había exigido tanto de la educación como motor de cambio social y, al mismo tiempo, nunca la figura que debe ejecutar ese cambio (el docente) se había sentido tan despojada de su investidura tradicional. Hoy, el respeto ya no es un punto de partida, sino un destino incierto que debe construirse día a día, con la fragilidad que implica depender exclusivamente de la voluntad del otro.

Para comprender este cambio, debemos situar el fenómeno más allá de las paredes del aula. Lo que hoy experimentamos en las escuelas es el eco de un proceso de desinstitucionalización global. Durante el siglo XX, instituciones como la familia, la iglesia y la escuela funcionaban bajo una jerarquía incuestionable. El docente no era solo una persona; era un representante del Estado, del saber y del orden. El respeto hacia él no era una evaluación de su carisma, sino un reconocimiento de su rol.

En la modernidad líquida, ese pedestal de mármol se ha resquebrajado. La autoridad ha dejado de ser una propiedad inherente al cargo para convertirse en un atributo que debe ser ganado en el terreno de las interacciones personales. El "ayer" del respeto garantizado por el rol ha dado paso a un "hoy" donde el respeto depende de la capacidad del docente para gestionar vínculos afectivos y pedagógicos. Este tránsito no es un simple cambio de modas educativas; es un síntoma de una sociedad que ha pasado de la obediencia por tradición a la negociación por convicción.

Esta transición impone una carga psicológica y profesional extenuante sobre el profesorado. Antes, la institución protegía al individuo; el reglamento y la norma social daban soporte al docente ante el conflicto. Hoy, el docente se presenta ante el grupo "desnudo" de esos ropajes institucionales. Cada inicio de curso, cada nueva aula, implica empezar desde cero. No existe un traspaso de autoridad automático; existe un proceso de seducción, negociación y validación constante.

La escuela sigue operando bajo estructuras de evaluación y cumplimiento del siglo pasado, pero sus actores (estudiantes y familias) habitan una subjetividad contemporánea donde la jerarquía es vista con sospecha. La implicación para el docente, como su salud mental y su eficacia ya no dependen solo de sus conocimientos disciplinares, sino de su resistencia emocional para sostener una autoridad que se negocia minuto a minuto.

Psicológicamente, lo que estamos observando es un cambio en las representaciones sociales del poder. En las generaciones anteriores, el miedo a la autoridad solía confundirse con el respeto. El silencio en el aula era interpretado como disciplina, cuando a menudo era el resultado de una asimetría rígida. Al caer esas barreras de miedo, ha quedado expuesto un vacío de legitimidad.

La sociedad exige que la escuela ponga límites y restaure el "orden", pero esa misma sociedad ha educado a sus hijos en el cuestionamiento permanente y en la priorización del deseo individual sobre la norma colectiva. El docente queda atrapado en medio de esta contradicción, siendo el depositario de una frustración social, se le pide que sea una autoridad fuerte en una cultura que desprecia la verticalidad.

¿Es posible educar sin una autoridad preestablecida? Si el respeto depende únicamente del vínculo, corremos el riesgo de caer en un "populismo pedagógico" donde el docente, para ser respetado (o simplemente tolerado), deba renunciar a su función de asimetría necesaria. Educar implica, por definición, señalar una falta, proponer un esfuerzo y, a veces, ejercer una frustración necesaria en el alumno. Si el respeto es un contrato afectivo que puede romperse si el alumno se siente incómodo, la enseñanza se vuelve superficial.

Por otro lado, la construcción de un respeto basado en el vínculo (y no en el miedo) ofrece una oportunidad ética sin precedentes. Un respeto que nace del reconocimiento mutuo y de la validación del saber del otro es mucho más sólido y democrático que aquel impuesto por el terror a la sanción. Sin embargo, ¿estamos proporcionando a los docentes las herramientas emocionales y sociales para construir esta nueva forma de autoridad sin que colapsen en el intento?

Para que esa formación sea posible, la sociedad debe decidir qué lugar quiere darle a la escuela. No podemos seguir exigiendo que el docente sea el único responsable de reconstruir una autoridad que la sociedad misma ha decidido desmantelar en todos sus otros ámbitos.

Debemos preguntarnos si, ¿estamos dispuestos a sostener la autoridad del docente incluso cuando su mensaje nos incomoda como padres o ciudadanos? La crisis del respeto en el aula no es un problema de "mala educación" de los jóvenes, sino un espejo de nuestra propia dificultad para aceptar límites colectivos. Al final, la pregunta que queda flotando en cada salón de clases es, si la autoridad ya no es un derecho dado, ¿qué valores comunes estamos dispuestos a poner sobre la mesa para que el encuentro entre el que enseña y el que aprende vuelva a ser posible?

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03/04/2026

La verdad que nadie quiere escuchar sobre la traición (y por qué decir la verdad es el mayor lujo de los negocios). 🧠⚖️

Todos hemos sentido ese golpe bajo: descubrir que alguien en quien confiabas ciegamente eligió mentirte o traicionarte para no perder un beneficio o para mantener su comodidad. El dolor no está solo en la acción, está en darte cuenta de que no todos caminan con tu mismo código moral.

El filósofo estoico Séneca lo resumió a la perfección: "La verdad sostiene al honesto; la mentira protege al cobarde". ✍🏻

El problema es que hoy nos enseñan que "mentir estratégicamente" es ser inteligente. Falso. La mentira requiere un mantenimiento agotador. El que miente tiene que vivir recordando sus propias historias, aterrado de ser descubierto. Es una prisión mental.

La verdad, por el contrario, pesa como una piedra, pero te libera al instante. ⛓️‍💥

Decir las cosas como son exige coraje. Te puede costar contratos, te puede alejar de ciertas personas y te puede hacer perder batallas a corto plazo. Pero te devuelve el activo más rentable del mundo: una dignidad inquebrantable.

Como decía Marco Aurelio, la calidad de tu vida depende de tus pensamientos. El honesto puede perder un empleo o una relación hoy, pero el traidor pierde su propia alma y el respeto por sí mismo para siempre.

03/04/2026

Este mensaje cristiano narra una solemne historia de la biblia, centrada en Josafat y la batalla que no se venció con espada ✨Relato del Antiguo Testamento: ...

03/04/2026

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