A partir del día siguiente del entierro de Amelia y hasta el día que José Vicente murió, fue a diario a visitar a su mujer, para él permanecía dormida y la despertaba tocando una de las cuatro argollas de la tapa de la bóveda en la que ésta reposaba, la argolla que se encontraba al lado del corazón de Amelia; tras despertarla se paraba frente a la sepultura y allí permanecía largo tiempo hablando
con ella hasta que tristemente se retiraba. Un amigo de José Vicente se entera de la noticia y decide compensar esa tristeza con la alegría de regalarle una bella escultura de su amada esposa. Me refiero a José Vilalta Saavedra, uno de los mejores escultores que haya tenido nuestro país, autor además de la estatua de nuestro apóstol José Martí que está en el Parque Central, también en el mismo cementerio el monumento a los estudiantes de medicina y en lo alto de la entrada principal las tres Virtudes Teologales, Fe, Esperanza y Caridad, más los relieves. Este amigo estaba residiendo en Italia y le manda una carta a José Vicente pidiéndole una foto para esculpirle una estatua a Amelia, éste accedió y le envió la foto de la boda, Vilalta termina el conjunto escultórico en el año 1909 y lo trajo personalmente, colocándolo encima del osario de la bóveda. ¡ Que mejor que la maternidad como fuente de inspiración para esculpir dicha escultura ! El fue muy cuidadoso con los detalles al esculpirla, podemos apreciar que la misma lleva una túnica femenina propia de la época, de maternidad, es de mármol blanco de las canteras de Carrara en Italia, sostiene en su brazo izquierdo una criatura cuyo mentón reposa sobre su pecho y el brazo derecho lo apoya a una inmensa cruz que tiene un gran significado; Amelia muere el 3 de mayo, día de la Santísima Cruz. Ya colocado el bello conjunto escultórico, símbolo de la maternidad, José Vicente muy emocionado continuó acudiendo a diario frente a la bóveda de su amada, pero al verla esplendorosa incorporó una nueva nota a su ritual guiado siempre por su gran amor, respeto y caballerosidad, después que la despertaba y conversaba con ella, cuando se iba a marchar, vestido todo de negro como habitualmente acostumbraba vestirse, se quitaba el sombrero y lo colocaba en su pecho, daba la vuelta por detrás de la escultura y se retiraba sin darle la espalda. El decía según las referencias: ¡ A una dama no se le da la espalda y menos a mi amada Amelia ! Y así creció el rumor, uno se lo dijo a un amigo, éste se lo dijo a otro y así lo que empezó como una historia de amor particular de un hombre hacia su mujer, se transformó en el amor de un pueblo hacia una mujer, hacia el símbolo de la maternidad, hacia un símbolo del amor eterno. La gente comenzó a otorgarle poderes sobrenaturales a la bella escultura, la veían como la protectora de las mujeres embarazadas, de los niños y de todo aquel que acudiera con un problema y se lo contara a la bella Amelia. Gracias a María Antonia Ruiz Guzmán, historiadora y misionera de La Milagrosa, quien a sus 67 años de edad comparte con nosotros el amor y su creencia hacia Amelia.