11/01/2026
Queridos coterráneos de este planeta frágil:
A veces nos han enseñado a vivir como si tuviéramos que elegir entre dos extremos: o creemos en un alma separada del cuerpo, o caemos en el vacío. Yo hoy me paro en un punto más sobrio: creo que el cuerpo es lo que hay. Dentro del cuerpo, un cerebro que piensa y siente. Y dentro de ese cerebro, como chispa organizada, aparece el “yo”: no como fantasma, sino como experiencia. Eso no me vuelve frío; me vuelve responsable. Porque si la conciencia nace aquí, entonces aquí mismo se juega la dignidad.
Durante siglos, la idea de “cuerpo, alma y mente” fue un puente perfecto: explicaba vida, moral, identidad y consuelo en un solo paquete. No era solo filosofía; era una necesidad humana frente a la muerte, la injusticia y el miedo. Pero hoy, incluso si no encontramos evidencia suficiente para afirmar algo “más allá”, no estamos obligados a negar el amor, ni a empobrecernos por dentro. Podemos vivir con un silencio digno: reconocer lo que no sabemos, sin convertir la duda en una religión.
El duelo, por ejemplo, no necesita cielo para ser verdadero. Duele porque importó. Y si uno entiende que el duelo también es cuerpo —nervios, memoria, cansancio, niebla mental— aprende a tratarse con una seriedad nueva: dormir, caminar, respirar, sostener rutinas pequeñas. No para “curarse rápido”, sino para no romperse en el intento. La persona que se fue no vive en un lugar invisible: vive en lo que te dejó, en lo que aprendiste, en lo que decides no repetir, en el acto humilde de honrarla sin mentirte.
Y aquí aparece lo más difícil y lo más hermoso: si no hay juez cósmico ni recompensa garantizada, la ética deja de ser miedo y se vuelve higiene. No humillar. Criticar sin despreciar. Poner límites sin culpa. Cuidar lo que tocamos: familia, barrio, trabajo, palabra. Porque el tiempo no vuelve. Porque nadie nos devuelve la vida gastada en odio. Porque el respeto, en una sociedad herida, es casi un acto revolucionario.
Si la conciencia es un proceso —como la música, que existe aunque sea vibración y oído— entonces el sentido tampoco cae del cielo: se construye. Con actos pequeños. Con vínculos. Con responsabilidad. Con ternura práctica. Y en esa construcción, coterráneos, está nuestra libertad más real: no la libertad mágica de flotar fuera de la causa, sino la libertad humana de aprender, regularnos, elegir mejor… y dejar este mundo un milímetro menos brutal para quienes vienen detrás.
No busco ganar una guerra metafísica; me decanto por una armonía posible.
Con alma o sin alma, con certezas o con dudas: lo digno sigue siendo lo mismo—cuidar.
Franz A. Vidales