23/02/2026
El narcisista no llega gritándote quién es.
Llega suave… observando.
Estudia tus luces, tus heridas, tus ganas de amar…
y luego se disfraza de todo lo que tú siempre soñaste.
Te hace creer que te entiende, que te cuida, que te eligió.
Pero no te eligió a ti:
eligió lo que puede tomar de ti.
Porque el narcisista no ama…
se alimenta.
Se alimenta de tu inocencia,
de tu entrega,
de tus ganas de sanar a alguien que nunca quiso ser sanado.
Al principio te sube al cielo,
pero no por amor…
sino para que la caída duela más.
Cambian de cara sin que tú lo notes:
un día son dulces,
otro día son fríos,
y al final te hacen sentir culpable por cosas que ellos mismos provocaron.
El narcisista no destruye de golpe.
Desgasta.
Confunde.
Te hace dudar de ti, de tu memoria, de tu valor, de tu intuición.
Y cuando por fin te rompes…
te culpa por romperte.
Pero aquí está la parte que nunca quieren que sepas:
Nadie escapa del narcisista siendo la misma persona.
Sales más fuerte.
Más consciente.
Más despierta.
Sales sabiendo leer silencios, gestos, energías…
Sales entendiendo que hay amores que no son amores.
Que hay caricias que son trampas.
Que hay promesas que solo sirven para retenerte…
no para amarte.
Y cuando por fin te levantas…
cuando te miras al espejo y dices “basta”,
cuando recuperas tu voz, tu fuerza, tu alma…
el narcisista pierde su poder.
Porque el verdadero antídoto contra un narcisista
no es pelear.
Es volver a ti.
Volver a tu calma, a tu luz, a tu verdad.
Y tú, mujer fuerte,
ya no eres la misma.
Ya no te engañan fácil.
Ya no te duermen el corazón.
Ya no te compran con migajas.
Tú sobreviviste a un narcisista.
Y eso… mi amor…
es una victoria que nadie te puede quitar.