28/02/2026
El Mencho nunca ha sido el dirigente. El cártel no fue establecido. No tenía control sobre el capital. No hizo elecciones sobre con quién contraer matrimonio. Y el hijo que he criado durante tres décadas como propio no es de su linaje. Todo lo que has oído esta semana solo representa una porción de la verdad. Una mujer observó su talento cuando él carecía de valor.
El Mencho laboraba en el mantenimiento de los cultivos de ma*****na de su familia a cambio de unos cuantos pesos. Habilaba las noches recostado en el piso. No poseía apellidos, ni un nombre, ni un porvenir. Ella lo examinó y descubrió algo en él, no como marido, sino como un instrumento. Lo ascendió con los fondos de sus hermanos, otorgándole las rutas, las conexiones y los puertos. Lo situó en un puesto que siempre ha sido de su familia.
A lo largo de tres décadas, cuando él se percibía como el más influyente de México, ella manejaba cada componente de forma secreta. Mil millones de dólares repartidos entre setenta compañías, que incluyen veintinueve estados, con un incentivo de quince millones. Todo esto se construyó bajo un apellido, pero no era el suyo, era el de ella. Y el 22 de febrero, cuando los militares hallaron al Mencho atrapado entre la vegetación de un bosque, oculto como un animal, sin teléfono, sin armas, en un helicóptero en ruta hacia la Ciudad de México.