17/08/2025
Venimos al mundo con tanta delicadeza y pureza como la piel de bebé que nos cubre. Pero pronto, nos endurecemos y curtimos. Debemos aprender a sobrevivir física y emocionalmente en el contexto que nos toca.
Una niña o un niño, difícilmente puede sacarse de donde le hacen mal, sobre todo si esto se da en casa; tampoco puede parar a un adulto que le daña o hacer cambiar dinámicas perjudiciales para su salud física o emocional. Lo que sí puede hacer, es desarrollar sus propias estrategias de supervivencia. Esto sucede de forma automática e inconsciente. Es natural, pura adaptación. Y así, en parte, es como cada cual se va forjando la personalidad y los mecanismos de defensa que le dan sostén.
Al tiempo, se entra en la vida adulta (al menos, adulta oficialmente). Y lo hacemos con bien de capas que, si bien protegen, con frecuencia, también limitan.
Tiene sentido. Te cuento un poco...
La coraza que desarrollamos desde la infancia es una que no elegimos; más bien desplegamos las estrategias y formas de funcionar que más a mano tenemos. Algunas personas tratan de borrarse para sentirse a salvo. Otras, amedrentan a quienes consideran amenaza; otras seducen, complacen, manipulan, controlan… Algunas se muestran absolutamente eficientes e imprescindibles; casi siempre, usamos varias de estas formulas... Cada cual hace lo que puede.
Pero en la adultez, en algunas personas algo cambia. A menudo, nos pillamos en comportamientos y actitudes, incluso en vidas, en las que no nos reconocemos. Y esto, en el fondo tampoco es extraño.
En esencia, no somos ese carácter que desarrollamos desde la infancia. Este, tan solo es nuestra defensa. La cual, cumplió la titánica misión de traernos hasta aquí con vida y de la mejor forma que resultó posible. Por ese motivo, le podemos decir: -Bien, gracias querida coraza, ya no te necesito más. Ahora, quiero desarrollar esa fortaleza que nace de mi corazón y que no fuerza, sostiene. Ahora, quiero dejar espacio a mi vitalidad, creatividad y autenticidad. Ahora, quiero... (Completa tú la frase).
Esto, implica mirar adentro. El camino de regreso a nuestra verdad, puede resultar muy doloroso. A veces sórdido, árido, desesperante o aterrador. Pero sin duda, atravesarlo, merece la alegría trascender.
¿De qué pensamos que trata el camino de vuelta a Ítaca de Ulises, la travesía por el desierto de Jesús o cualquiera de las historias heróicas que nos llegan de dispares culturas, filosofías y religiones a lo largo y ancho del mundo y de la historia?
Volver a casa es mudar la piel vieja, romperse, desacorazarse, arder cual Ave Fénix, para renacer y SER PLENAMENTE.
Y si, este viaje es heróico para unx.