
23/08/2025
Durante mucho tiempo pensé que algo en mí estaba “mal”.
Que era demasiado.
Demasiado intensa, demasiado olvidadiza, demasiado distraída, demasiado cambiante, demasiado rápida o demasiado lenta, según el día.
Demasiado para los otros… y a veces, también para mí.
Pasé años sintiéndome la oveja rara de la familia, de los grupos, de las normas.
La que nunca conseguía del todo encajar.
Y cuando te acostumbras a vivir desde ese lugar, a veces te crees que estás rota.
O que simplemente eres “así”, sin más opción que aprender a disimular.
Pero un día, a los 42 años, llegó un diagnóstico.
TDAH.
Tres letras que no me definen, pero que, por primera vez, me explican.
No me etiquetan: me dan contexto.
No me reducen: me liberan.
Porque entender no es encasillar.
Es sostenerte con más suavidad.
Es poder mirar atrás y decirte: “ah, claro… no eras tú. Era eso. Y lo hiciste lo mejor que pudiste con las herramientas que tenías”.
No soy la loca de nadie.
No soy un error en el sistema.
Soy una mujer que, por fin, se mira con compasión.
Y si tú también has sentido que ibas por la vida con el volumen emocional demasiado alto o el foco demasiado difuso…
tal vez merezcas, al menos, una explicación que no sea culpa.
El diagnóstico no es una caja.
Es una llave.
Y abrir esa puerta me ha permitido verme —y cuidarme— desde otro lugar.
💬 ¿Acompañas a alguien con TDAH? ¿Lo has descubierto en ti como adulta?
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