02/12/2017
*Exactamente, ¿cuánta sal deberíamos tomar al día?*
- Hasta los dulces tienen sal. Una guía práctica para aprovechar sus beneficios y huir de sus amenazas -
La sal es, con su aspecto níveo y elegante, sinónimo de sabor, de poderío. Pero docenas de evidencias científicas pelean por taponar los pequeños agujeros del salero, alertando sobre los efectos perjudiciales que trae consigo el abuso de este saborizante tan habitual. Entonces, ¿guerra abierta contra la sal?
1. Primera evidencia: consumimos más sal de la que deberíamos. La Sociedad Española de Hipertensión alerta de que los españoles doblamos la cantidad recomendada por los organismos internacionales. Si la Organización Mundial de la Salud recomienda no sobrepasar la barrera de los 5 gramos diarios (una cucharilla de café), en España casi llegamos a los 10. Un ejercicio que nos pone a las puertas de la hipertensión arterial, además de otros problemas cardiovasculares, de los cálculos renales y, al extremo, incluso del cáncer de estómago.
2. Segunda evidencia: la sal no es el demonio vestido de blanco. Al menos, no del todo. Por eso, a la pregunta "¿es conveniente eliminarla por completo de la dieta?", la respuesta médica es: "No". “Además de que sería imposible, dado que la mayor parte de la sal que ingerimos está presente en los alimentos, prescindir de ella por completo no es recomendable”, afirma la doctora endocrina Diana Boj.
“La sal es indispensable para el correcto funcionamiento de nuestro organismo, que precisa de una dosis pequeña de sodio para regular, por ejemplo, el volumen sanguíneo y la presión arterial”. Además, resulta crucial para las células, puesto que mantiene el agua dentro de ellas y permite que las membranas celulares funcionen correctamente.
“La sal participa en la contracción muscular y en la transmisión de impulsos nerviosos, y su déficit puede hacer surgir síntomas inespecíficos como alteraciones del equilibrio, lentitud psicomotriz, dificultad del pensamiento o somnolencia”.
Pero conviene distinguir entre la sal visible —aquella que añadimos en forma de pellizco en guisos y ensaladas— y la oculta, la que está presente en los alimentos. "Los quesos, mantequillas, embutidos, pizzas o lasañas, sopas de sobre, los dulces y bollerías o los precocinados presentan un alto porcentaje de sal que supone alrededor del 72% del total que ingerimos". Por eso, medir y ponderar resulta complicado.
Ante las dos evidencias repasadas, que no necesariamente deben estar enfrentadas, se abre otro plano, más de diario, de rutina, y que se transforma en un gran interrogante:
¿Con cuánta sal debemos cocinar?
“Prescindir de ella no es recomendable, y además es imposible, dado que la mayor parte de la sal que ingerimos está presente en los alimentos”.
Gran pregunta que, por su magnitud, no tiene una respuesta categórica. Algunos estudios se han ocupado de comprobarlo, cayendo en la cuenta de que este es, sin duda, un poderoso n**o gordiano de la alimentación. No obstante, acudiendo de nuevo a la recomendación de la OMS, la cantidad ideal para una persona sana es la de 2 gramos de sodio al día, unos 5 gramos de sal.
Consejo aplicable a una persona sana. Pero, ¿qué ocurre con los pacientes hipertensos? La ciencia ha demostrado con numerosos análisis que una reducción moderada del consumo de sodio afecta positivamente a la salud.
"Las medidas recomedadas de sal se reducen y la cantidad debe ser la mínima posible: el objetivo son 1,5 gramos diarios y siguiendo siempre las pautas y recomendaciones médicas".
En definitiva, dieta saludable, productos naturales y frescos y unos buenos hábitos y rutinas. La sal cumple su función y, en su justa medida, también es necesaria. Por eso, atención a las etiquetas y cucharilla en mano, siempre dispuesta a medir para no pasarse con los pellizquitos.