27/07/2025
Segundo artículo sobre la judería zamorana dentro de la colaboración semanal que el Colectivo Ciudadanos de la Región Leonesa CCRL mantiene con la Opinión de Zamora, por nuestro socio Gustavo Rubio
▪︎ La judería de Zamora (II): Los Judíos en la Provincia de Zamora (exceptuando la capital) hasta 1492.
La historia de los judíos en la provincia de Zamora, al margen de la capital, es una pieza fundamental para comprender las realidades socioeconómicas, culturales y religiosas del antiguo Reino de León y territorios afines en la Edad Media. Esta presencia, que se remonta al menos al siglo XI, floreció, interactuó y dejó huella en más de veinte localidades zamoranas hasta la traumática expulsión decretada en 1492, tras siglos de convivencia y momentos de persecución.
Sabemos que durante la Baja Edad Media, la actual provincia de Zamora agrupó al menos veintiún asentamientos judíos documentados que, a diferencia de otras geografías, se extendían por poblamientos medios y pequeños, reflejo de su papel vertebrador en la vida rural. Entre las principales localidades destacan:
Benavente tuvo un núcleo urbano de notable importancia comercial y cultural, con una aljama documentada y activa en la vida del pueblo. Toro destaca por su aljama, con presencia constante de judíos y una comunidad influyente en la economía local. Villalpando y Fuentesaúco tienen a sus comunidades hebreas clasificadas oficialmente como aljamas. Otras localidades con presencia notable fueron Belver de los Montes, Cañizal, Cañizo, Castroverde de Campos, Fermoselle, Fuentelapeña, El Maderal, San Cebrián de Castrotorafe, San Pedro de la Nave-Almendra, Venialbo, Villaescusa, Villafáfila, Villalobos y Alcañices, entre otras.
El hecho de que estas comunidades estuviesen diseminadas revela la aceptación y la integración—aunque desigual—de los judíos en la economía campesina y mercantil zamorana, bajo la tutela de las diversas diócesis (Zamora y Astorga fundamentalmente, salvo algunas localidades como Alcañices perteneciente a la de Santiago de Compostela y Belver de los Montes a la de Palencia).
El día a día de los judíos zamoranos en la Edad Media se articulaba en torno a las aljamas: comunidades autónomas legalmente reconocidas, con sus propios jueces, sinagogas, escuelas, hornos, carnicerías rituales y cementerios. La cohesión interna era fuerte, favoreciendo la transmisión cultural y religiosa. En las escuelas hebreas donde se cultivaba la instrucción religiosa, la filosofía y la cabalística; célebres rabinos y maestros, como Isaac de León o Abraham Saba, ejercieron una notable influencia.
Económicamente los judíos ejercieron de prestamistas, comerciantes, alquiladores de impuestos, médicos, artesanos y abastecedores. Muchas familias judías vivían de la ganadería, la agricultura y el comercio local e interregional, en especial el de lana, vino y productos agrarios.
Aunque jurídicamente la comunidad hebrea se hallaba segregada, la vida cotidiana implicaba contactos frecuentes con la población cristiana; a menudo, judíos y cristianos compartían barrios, mercados y festividades locales, y en este sentido cabe señalar que en gran medida la economía zamorana de la Baja Edad Media se apoyaba significativamente en el aporte de las minorías judías:
Benavente fue centro de actividad prestamista, comercial y agrícola, incluso con presencia documentada en la administración municipal y operaciones de crédito. Toro contaba con una de las comunidades más pujantes, tomando parte activa en el comercio vitivinícola, la artesanía y la intermediación entre zonas rurales y urbanas. Villalpando y Villafáfila, entre otras poblaciones, recurrieron a los servicios financieros y a la capacidad de gestión de impuestos de las aljamas judías, según los repartos tributarios de los siglos XV y XIV. La inserción de los judíos en la economía rural facilitó la creación de redes interlocales, favoreciendo el comercio y la movilidad social y profesional.
Conflictos, Tensiones y Persecuciones
El discurrir de las comunidades judías no estuvo exento de tensiones:
Siglo XIII-XV: Se alternaron periodos de tolerancia y represión. En determinadas coyunturas, se les impusieron tributos extraordinarios, limitaciones legales o episodios puntuales de violencia y conversiones forzadas (notorio el caso de 1231, con bautismos forzados en Benavente y Toro).
1391: Las oleadas de violencia antijudía que asolaron España también alcanzaron a varias localidades zamoranas, provocando conversiones, éxodos y ocultación.
1412: El “Ordenamiento de Valladolid” fijó medidas restrictivas a la vida judía (marcas, barrios segregados, oficios), precediendo el clima de hostilidad acentuado por reformadores como Vicente Ferrer. Aun así, hasta finales del siglo XV las aljamas rurales mantuvieron su peso social y su resiliencia.
1492: El Edicto de Granada, firmado por los Reyes Católicos en 1492, marcó el punto final para la historia judía “visible” en Zamora y sus pueblos. El decreto exigía la salida definitiva de quienes no aceptaran el bautismo, prohibiéndoles llevar consigo oro, plata y caballos. Ni que decir tiene que en la provincia zamorana, la expulsión tuvo consecuencias dramáticas.
Desplazamiento y diáspora
Muchos judíos optaron por dirigirse a Portugal, cruzando la “raia”, aprovechando la permeabilidad de la frontera para buscar refugio, mantener lazos familiares y, a veces, volver clandestinamente. Se documenta presencia de judíos zamoranos en localidades portuguesas próximas como Bragança, Miranda do Douro y Mogadouro.
Una parte no desdeñable se” convirtió” superficialmente, manteniendo en secreto prácticas y costumbres de la fe judía (criptojudíos o “marranos”), sobre todo en municipios como Fermoselle, donde la tradición oral y la cultura material (escudos raspados en las fachadas, leyendas) dan fe de su ocultamiento. En todo caso, la expulsión supuso la pérdida de familias dedicadas a actividades clave, con descenso de la población, contracción del comercio y desaparición de una élite intelectual y económica local, favoreciendo el inicio del declive social de varias localidades.
Tras siglos de invisibilidad, hoy se empieza muy tímidamente a recuperar el legado hebreo en la provincia y aunque apenas quedan vestigios arquitectónicos —debido a los cambios urbanísticos y la destrucción sistemática de espacios como sinagogas y cementerios—, sí sobreviven rastros en la documentación eclesiástica, notarial, inquisitorial y municipal. Asimismo, se conservan huellas en la toponimia local (calles como “del Judío”, “Barrio Nuevo” o “La Sinagoga”), algunos patrones onomásticos en apellidos locales y tradiciones culturales que, sin ser necesariamente judaicas, revelan elementos de hibridación cultural a lo largo de los siglos.
Aunque la historia de la comunidad judía fue silenciada durante siglos, a nadie se le escapa que forma parte esencial del pasado —y de la identidad profunda— de muchas localidades de la provincia y del resto de León, por lo que sería más que deseable que se incrementaran notablemente los estudios arqueológicos y documentales por parte de todas las instituciones a las que les es de afección, y en especial el consistorio capitalino, pues como vimos en el artículo anterior, Zamora fue una de las diez ciudades peninsulares con mayor número de judíos