26/04/2026
Hablar del peso y del físico delante de un niño no es neutro. Es educación. Y muchas veces es de las primeras formas en las que aprende a mirarse y a juzgarse.
La evidencia científica nos dice que el entorno familiar, y especialmente la conducta de los cuidadores, marca la relación con el cuerpo y con la comida. Importa más lo que se ve cada día que lo que se dice.
Estudios sobre el modelo parental muestran que las niñas cuyas madres hacen dietas restrictivas o expresan insatisfacción corporal tienen más probabilidad de empezar a hacer dieta antes, preocuparse por su peso y presentar mayor riesgo de TCA.
Cuando en casa el peso se vuelve protagonista —comentarios sobre engordar, adelgazar o “cuidarse” entendido como restringir—, el niño aprende que su valor tiene que ver con cómo se ve. Esto impacta directamente en la autoestima, sobre todo en etapas en las que aún se está formando.
Un niño no necesita hablar de peso, sino aprender a comer sin miedo, a reconocer cuándo tiene hambre y cuándo está saciado.
El papel de los padres y cuidadores es crear un entorno seguro donde la salud, también la emocional, sea lo importante.
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