02/02/2026
Con la reciente actualización de las guías alimentarias en EEUU, la pirámide alimentaria vuelve a ocupar un lugar central en el discurso nutricional. No como una novedad, sino como una vuelta a una estructura clásica que ayuda a ordenar la alimentación en su conjunto.
El problema, bajo mi punto de vista, no ha sido nunca la pirámide en sí, sino cómo se ha interpretado. Se ha leído como una lista de frecuencias —qué comer más, qué limitar y qué evitar— cuando en realidad debería servir para entender proporciones y estructura.
Por eso, la pirámide que yo planteo no habla de veces por semana, sino de cómo debe construirse un plato.
En la base encontramos alimentos de origen vegetal, principalmente frutas y verduras, no como acompañamiento sino como eje central de la alimentación. En el siguiente nivel se sitúan las legumbres y los cereales integrales, junto a la patata y el boniato: hidratos de carbono complejos que aportan energía, fibra y saciedad, sin el efecto metabólico de los refinados.
Después aparecen el huevo, los lácteos y la soja, como fuentes proteicas versátiles, densas nutricionalmente y adaptables a distintos contextos. Junto con la carne y pescado pero sin el protagonismo que tradicionalmente se les ha dado, ya que hay más fuentes proteicas interesantes.
Y en el vértice, las grasas saludables —aceite de oliva, aguacate, frutos secos y semillas— no porque sean “malas”, sino porque son muy densas en energía. Tienen una alta calidad nutricional y la proporción en el plato es pequeña si lo comparamos con el resto de alimentos.
Esta pirámide no demoniza alimentos ni idealiza nutrientes. Traduce lo que hoy sabemos. Que la calidad importa más que el miedo, que el contexto importa más que la rigidez y que comer bien no va de extremos, sino de variedad y equilibrio.