23/03/2026
Esta mañana vi el primer brote en una rama de mi higuera 🌱que llevaba meses “vacía”. Era tan pequeño que casi no se veía… pero a mí me cambió el cuerpo. Me quedé mirándolo como quien recibe una señal: la vida no empuja, no grita, no fuerza. La vida simplemente… abre.
Y pensé: nosotras también somos naturaleza. También somos estación. También florecemos.
Pero para florecer hace falta algo que muchas hemos aprendido a cerrar: el corazón. Ese motor energético que lo mueve todo. Porque cuando la vida duele, el corazón se endurece para protegernos. No por frialdad, sino por amor propio mal entendido: así no me vuelve a pasar. Y sin darnos cuenta, pasamos de vivir a defendernos. Respiramos más arriba. Recibimos con cautela. Nos mostramos a medias. Y claro… así es difícil brotar.
Hay cuerpos que lo expresan incluso en lo físico. Si convives con colesterol alto, tu cuerpo también te está pidiendo lo mismo que la primavera le pide a la tierra: ablandar. Soltar tensión. Abrir espacio. Permitirte recibir.
Porque un corazón endurecido no solo se protege del dolor… también se protege de la alegría. Y entonces la vida llega, pero no entra del todo.
La primavera, por dentro, empieza cuando el cuerpo siente seguridad. Cuando deja de estar en alerta. Cuando la confianza se vuelve un lugar habitable. Y desde ahí, el corazón se abre sin miedo, con calma, con verdad.
Hoy quiero que este post sea un recordatorio suave: estás a tiempo de florecer, pero no a la fuerza. A tu ritmo. Con ternura. Con seguridad. Lento…
Si te apetece, cuéntame en comentarios: ¿qué dudas tienes sobre la energía de la primavera y cómo trabajarla de forma segura? 🤍🌷