14/05/2025
Este fin de semana, en el Ashram, Cahitanya hacía referencia a esta frase. Y a nosotros como profesores de yoga, nos resonó mucho.
En el camino del yoga, esta frase —el maestro hace a los discípulos así como los discípulos hacen al maestro— cobra un significado especialmente profundo. El profesor de yoga no solo guía posturas o transmite técnicas; acompaña procesos internos, siembra conciencia y sostiene espacios de transformación. Pero ese rol solo existe y cobra vida en presencia de los alumnos. Son ellos, con su entrega, sus silencios, su energía y su búsqueda sincera, quienes permiten que el maestro realmente florezca en su propósito.
Cada clase es un intercambio. El profesor ofrece lo mejor de sí: su voz, su experiencia, su práctica, su corazón. Pero al mismo tiempo, cada respiración compartida, cada gesto de apertura o de resistencia del alumno, también enseña algo. A veces es paciencia, otras veces es humildad o inspiración. En ese dar y recibir constante, no hay uno que sepa todo y otro que no sepa nada. Hay seres humanos caminando juntos, despertando unos en otros partes que, de otro modo, quizá nunca se manifestarían.
Por eso, un profesor de yoga no se hace solo con estudios o práctica personal; se hace en la relación con sus alumnos. Son ellos quienes, con su presencia y su confianza, dan sentido a la enseñanza. Y los alumnos, a su vez, crecen al sentirse vistos, sostenidos y acompañados. Así, se crea una red invisible pero poderosa: un maestro que se hace al enseñar, y unos alumnos que crecen al aprender, pero que también, sin saberlo, están formando al maestro. En ese círculo, todos somos discípulos y todos somos maestros.