01/05/2026
El próximo 30 de mayo cumpliré 47 años.
47 años en los que he amado con todo lo que tenía. A mi manera, con mis luces y mis sombras, con mis herramientas de ese momento — que no siempre fueron las mejores.
Me he divorciado cuatro veces. Cuatro veces he mirado a alguien a los ojos y he creído que sería para siempre. Cuatro veces la vida me ha devuelto a mí mismo.
Y tengo cinco hijos maravillosos que me recuerdan, cada vez que los miro, que nada de lo vivido fue un error.
Mucha gente me pregunta si todavía creo en el amor.
Y yo les respondo que no solo creo en él. Lo elijo. Lo busco. Y lo sigo eligiendo.
Porque el problema nunca fue el amor. El problema fui yo, amando desde un lugar que todavía no estaba del todo construido.
He sufrido mucho. He llorado en silencio más veces de las que nadie imagina. He cargado con cargas que no siempre me pertenecían, y con algunas que sí.
Pero también he aprendido algo que ningún libro me pudo enseñar del todo: que amar mejor no garantiza que el otro quiera recibir ese amor.
A veces uno crece, se transforma, aprende a amar de otra manera — y descubre que incluso esa versión nueva de uno mismo no encaja donde quería encajar.
Y eso duele. Pero ya no me asusta.
Porque sé que Dios no me ha traído hasta aquí para que me rinda. Me ha traído hasta aquí para que entienda.
Para que aprenda a habitarme antes de intentar habitar a alguien más.
47 años. Muchas caídas. Muchas veces de pie.
Y todavía con ganas de vivir, de amar y de seguir aprendiendo a hacerlo mejor.
¿Y tú? ¿Cuántas veces has creído que ya no podías más... y has seguido de todas formas? Escríbeme. Me interesa saberlo