Algo más que un bolso
Fue amor a primera vista, lo sentí cuando descubrí las telas alpujarreñas. Servían como cortinas para resguardar las entradas de las casas en verano, como cobertores para aislar del frío durante los secos inviernos y con ellas tejían alforjas para transportar útiles en los animales de carga. Además en esta región que comparten Granada y Almería escuché con asombro cómo se confeccionaban las jarapas; se tejían con el algodón que sobraba en los telares y con ellas cubrían el suelo de las casas. Por eso no había dos iguales, todas eran distintas, de colores vibrantes. Algunos de los viajes de infancia transcurrieron por esas tierras, entonces de difícil acceso, escuchando los comentarios de mi padre que nos explicaba que aquellos pueblos escarpados en las estribaciones de Sierra Nevada habían atraído a principios del siglo XX a artistas británicos que encontraron allí la paz necesaria para crear. Años después me sumergí en las páginas de ‘Al sur de Granada’ y descubrí leyendo a Gerald Brenan lo que había intuido en mis viajes de niña. Durante el último viaje familiar, el día que cumplí dieciocho años, entramos en una tienda de Níjar y mi padre me invitó a escoger un regalo. Yo pensé en un bolso de viaje. Mientras cogía uno y dejaba otro se nos acercó un chico, intercambiamos algunas frases, algunas miradas. Finalmente nos envolvieron aquel objeto tan preciado para mí y regresamos a Málaga, nuestro lugar de veraneo. Lo metí en el armario y ya en Madrid al desenvolverlo descubrí en su interior un papel doblado en cuatro partes con un dibujo de trazo ágil en una de ellas; era la silueta de Bubión, otro de los pueblecitos alpujarreños que yo adoraba. Al desdoblarlo leí un nombre y un número de teléfono: “por favor, llámame eres la chica más preciosa que he visto”. Desconcertada arrugué el papel y lo escondí en mi cajón secreto. Aún hoy no puedo entender mi coraje, porque unos días después marcaba el número. Solo cuando se oyó la señal de llamada me plantee qué decirle a mi interlocutor, “perdón -exclamé- creo que me he equivocado”.
-“No cuelgues, por favor, ha sido un milagro que me hayas llamado, me gustaría quedar contigo”.
-“Perdona, pero es que no te conozco de nada, lo siento, pero me asombró el mensaje en el bolso”. Después de unos cuantos comentarios sin pies ni cabeza quedamos en conocernos. Yo empezaba ese año la Universidad y decidimos vernos a la salida de clase.
Ángel fue mi primer amor, me sent querida, comprendida, importante. Era mi amante, mi amigo, mi compañero. Nuestra relación duró varios años y en ese tiempo despertamos juntos a la vida. Nuestro aniversario lo celebrábamos cada año en un pueblo distinto de la Alpujarra y cada año en un maravilloso ritual, él me regalaba un bolso con una nota dentro. Todavía los conservo, como conservo también su amistad. Transcurrió el tiempo y por mí pasaron maridos, hijos, trabajos. Veinticinco años después me vi envuelta en uno de los innumerables despidos que la maldita crisis ha generado. Era la primera vez que me quedaba en paro y mi desconcierto fue total, lo que sí tenía claro es que no buscaría un empleo dentro de mi profesión. Estaba harta de cómo los medios de comunicación entienden ahora el periodismo.
Ángel se enteró que había pasado a engrosar las listas del paro y quedamos. El encuentro fue como si nunca nos hubiéramos dejado de ver. ¡Me resultó tan familiar! “Vete a la Alpujarra unos días”- me aconsejó-. Comencé a pasear por aquellas calles, a tocar de nuevo telas, jarapas, barro, esparto y fui despertando de un letargo que había durado demasiado tiempo. Me encaminé hacia uno de los telares y comencé a realizar combinaciones de colores con el negro como base. Me hacían las pruebas y yo elegía, compré unos cuantos metros y les aseguré que pronto verían unos bolsos con un estilo único. Su mirada fue una mezcla de asombro e incredulidad. De vuelta a Madrid comencé a dibujar los bocetos. Mi hijo Gonzalo pasó por el salón y le pregunté: ¿tú conoces a algún patronista? El contestó sin inmutarse: a Natalia le hace la ropa su madre. Natalia es su novia y yo obviamente no conocía a su progenitora. En el primer encuentro ya nos caímos bien. Descubrí que durante más de treinta años había trabajado en el sector de la confección en la empresa de su familia. Conocía todos los entresijos del oficio. Durante un tiempo su negocio fue próspero y vendían a los grandes almacenes más punteros, pero en los años noventa, los bajos salarios asiáticos dieron al traste con la fabricación en España. Tanto ella como yo hemos tenido claro que nuestra producción llevaría la impronta española: calidad y excelencia. Visitamos los pocos talleres que quedaban en pie en algunos pueblos de Toledo con los que ella aún trabajaba de vez en cuando. Más tarde, la exquisitez con la que Serafín, en su taller de Madrid, nos confeccionó los primeros modelos nos decantó por este amante del trabajo bien hecho que lleva toda su vida fabricando esto: bolsos. Su empuje nos dio la fuerza necesaria para que Bicho de Luz sea una realidad. Hemos decidido también que un porcentaje de los beneficios los vamos a destinar al Instituto de Psicopediatría, IPP, allí vive y trabaja mi hermana pequeña. Mara tiene Síndrome de Down y la labor de este centro y de mis padres ha hecho posible que hoy sea una mujer con autonomía y una vida plena. Ella y sus amigos con capacidades distintas me han ayudado a ser quien soy.