14/05/2026
Copiado del muro de Licda. Nicte Leoni
Durante mucho tiempo me dijeron que era mi autoestima.
Que si lo permitía era porque no me quería suficiente. Que si me quedaba era porque algo en mí estaba roto. Que el problema tenía mi nombre y mi cara y vivía adentro mío, no afuera.
Y lo creí.
Dios mío, lo creí.
Me senté con esa idea. La examiné. La llevé a conversaciones largas conmigo mismo en las madrugadas donde uno se vuelve su propio juez más despiadado. Me pregunté qué me faltaba. Qué parte de mí no había sanado. Qué herida vieja estaba repitiendo disfrazada de historia nueva.
Busqué el defecto.
Lo busqué con lupa, con honestidad, con esa disposición incómoda de quien realmente quiere verse sin filtros.
Y sí encontré cosas.
Cosas mías, reales, que trabajar. Nadie sale de una revisión honesta sin encontrar algo.
Pero no encontré lo que me dijeron que iba a encontrar.
No encontré a alguien que no se amaba.
Encontré a alguien que amaba demasiado.
Y que confundió la profundidad de lo que sentía con una razón válida para seguir donde ya no había nada que sostener. Que pensó que si el amor era genuino, si era real, si venía de un lugar limpio, eventualmente iba a ser suficiente para cambiar lo que ningún amor puede cambiar.
A una persona que no quiere cambiar.
Y la fe sin evidencia, sostenida demasiado tiempo, deja de llamarse esperanza.
Se llama obstinación.
Me sobró paciencia.
Paciencia para tus tiempos, que siempre fueron los únicos que importaban. Paciencia para tus procesos, que tenían fecha de inicio pero nunca de fin. Paciencia para tus promesas, que vivían cómodamente en el futuro donde nada se puede cobrar todavía.
Paciencia para tu versión de los hechos.
Que siempre, con una habilidad casi admirable, te dejaba a ti en el centro y me dejaba a mí en los márgenes.
Y yo leía los márgenes agradecido de estar en la página.
Qué imagen tan triste.
Qué imagen tan exacta.
Porque eso era. Alguien que aprendió a ocupar menos espacio para que el otro cupiera más. Que bajaba el volumen de sus propias necesidades para no opacar las tuyas. Que archivaba sus dolores para después, siempre para después, porque en el momento presente siempre había algo tuyo más urgente que atender.
Lo mío podía esperar.
Siempre podía esperar.
Hasta que lo que esperaba dejó de esperar y simplemente se fue apagando sin hacer ruido, como se apagan las cosas a las que nunca se les pone atención.
Y lo irónico, lo verdaderamente irónico, es que mientras yo me preguntaba qué me faltaba, lo que me sobraba era lo que me estaba costando todo.
Me sobraba tolerancia para lo intolerable.
Me sobraba comprensión para lo incomprensible.
Me sobraba disposición para quien no estaba dispuesto.
Me sobraba paciencia para alguien que nunca la mereció en esa dosis.
El amor propio no se mide en cuánto te defiendes cuando alguien te ataca.
Se mide en cuánto te cuidas cuando nadie te está atacando pero algo igual te está dañando.
Ese cuidado me faltó.
No el amor hacia mí. El cuidado activo. La decisión consciente de que lo que me hacía daño, aunque viniera envuelto en algo que alguna vez se sintió como amor, no merecía quedarse.
Esa decisión tardó.
Tardó más de lo que me enorgullece admitir.
Pero llegó.
No me faltó amor propio.
Me sobró paciencia contigo.
Y hoy que lo veo desde aquí,
desde este lado donde ya no cargo
lo que no era mío cargar,
entiendo que quererme bien
no era dejar de darte.
Era aprender antes
que no todo el que recibe
sabe recibir.
Y que mi paciencia,
tan real,
tan mía,
merecía alguien
que supiera
lo que tenía
entre las manos.
Texto: David “Trukutru” Peral