30/04/2026
La compasión como puente: Marshall Rosenberg y el corazón del inmigrante.
Vivir en otro país es, muchas veces, un acto silencioso de valentía. Quienes
migramos a Japón aprendemos nuevas reglas, nuevos silencios, nuevas
formas de mirar y de ser mirados. En ese proceso, no solo traducimos
palabras: traducimos emociones, intenciones y, a veces, nuestra propia
identidad.
En ese camino, la compasión —tal como la entendía Marshall Rosenberg—
puede convertirse en un puente profundo entre nosotros y el mundo que nos
rodea.
Marshall Rosenberg, creador de la Comunicación No Violenta (CNV), nos
recordó algo esencial: todos los seres humanos compartimos las mismas
necesidades, aunque las expresemos de formas distintas. Detrás de una
palabra brusca, de un silencio incómodo o de una norma que no
comprendemos, suele haber una necesidad no satisfecha: seguridad, respeto,
pertenencia, comprensión.
Para quienes vivimos como inmigrantes, esta mirada es especialmente
sanadora. A veces sentimos frustración por no poder expresarnos como
quisiéramos en japonés, por cometer errores culturales o por no sentirnos
completamente incluidos. Rosenberg nos invita a hacer una pausa y
preguntarnos con amabilidad:
¿Qué estoy sintiendo? ¿Qué necesito en este momento? ¿Qué necesidad
hay dentro de mí que no está siendo satisfecha?
Pero la compasión no se queda solo en uno mismo. También se extiende hacia
los demás.
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¿Qué está sintiendo ese otro ser humano? ¿Qué necesita en ese
momento?
En una sociedad tan estructurada como la japonesa, donde la armonía
colectiva es fundamental, es fácil interpretar ciertas actitudes como frialdad o
rechazo.
La propuesta de Rosenberg nos anima a mirar más allá del juicio y a
preguntarnos:
¿Qué necesidad estará intentando proteger la otra persona?
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Esta forma de ver el mundo no elimina las dificultades, pero las transforma.
Nos permite comunicarnos desde la empatía en lugar de la defensa, desde la
curiosidad en lugar del enojo. Nos recuerda que no estamos “mal” por sentirnos
cansados, solos o confundidos: somos humanos, atravesando un proceso
complejo.
Todos somos una humanidad compartida y “justo igual que yo” tú
también tienes las mismas necesidades.
La compasión, para Rosenberg, no es debilidad. Es una fuerza profundamente
transformadora. Es elegir escuchar antes de reaccionar, conectar antes de
juzgar.
Para una comunidad inmigrante, esta práctica puede ser una
herramienta poderosa de autocuidado y de convivencia: con nuestras familias,
con nuestros compañeros de trabajo y con la sociedad que nos acoge.
Quizás no siempre encontremos las palabras perfectas en español y mucho
menos en japonés. Pero si hablamos desde nuestras necesidades reales, o
sea, desde el corazón de tu corazón y escuchamos las de los demás,
estaremos comunicándonos en un lenguaje universal: el del corazón.
Y como diría Marshall Rosenberg, cuando logramos esa conexión, la cooperación surge de manera natural.