23/10/2025
Una mujer que se habita
Una mujer que se habita ya no se ofrece. No se acomoda. No se reduce. No se decora para ser mirada. Se afirma. Se sostiene. Se expresa.
No busca ser elegida por su forma ni por sus curvas, sino reconocida por su verdad. No se entrega por deseo ajeno ni por necesidad, sino por resonancia interna. Porque su cuerpo no es vitrina ni promesa. Es historia viva. Es territorio que ha sentido, que ha callado, que ha resistido. Y eso no se toca sin conciencia.
Una mujer que se habita no se define por lo que otros ven. Se define por lo que sabe, por lo que ha sentido sin palabras, por lo que ha sostenido en silencio, por lo que ha transformado sin testigos. No espera validación. Se elige. No busca aprobación. Se afirma.
Ella ha comprendido que no toda mirada es presencia, que no todo vínculo es encuentro, que no todo deseo es amor. Por eso, ya no se acomoda a quien la halaga ni se adapta a quien la mide o la desea. Ella simplemente se revela. Se expande. Se consagra.
Su cuerpo guarda memorias que no se ven, herencias que no se nombraron, pactos que no eligió. Cada gesto, cada cicatriz, cada silencio es una coordenada emocional. Y cuando alguien la mira sin respeto, se activan viejas heridas: de agrado, de sacrificio, de sometimiento. Pero cuando la mirada es limpia, cuando hay alma, algo se libera. Algo se reordena.
Una mujer que se habita no lo hace desde la vanidad, sino desde la humildad. No busca un salvador. No se enamora del elogio que la adorna ni del deseo que la consume. Se enamora del espacio que la honra, del vínculo que no la interrumpe, que no la corrige, que no la domestica. Se enamora de quien puede sostener su fuego sin apagarlo, de quien puede mirar su sombra sin temerla, de quien puede acompañar su caos sin querer controlarlo.
Cuando se vincula desde la herida, busca protección, pertenencia, aprobación. Pero cuando se vincula desde la conciencia, busca expansión, verdad, libertad. Ya no compite. Ya no seduce. Ya no se adapta. Se elige. Se expresa. Se afirma.
Y cuando se encuentra con alguien que también ha hecho su camino, no hay roles: hay verdad. No hay exigencia: hay presencia. No hay posesión: hay libertad.
Ese amor no se presume. No se exhibe. No se negocia. Ese amor se respira. Se honra. Se celebra.
Porque una mujer que se habita ya no es cuerpo que se ofrece. Es raíz que se sostiene. Es fuego que no pide permiso. Es presencia que transforma.
Y donde ella siente sus pies, la tierra reconoce su paso y la honra como medicina.
Autor: Nelson Enrique Zamora
Psicoterapeuta Transpersonal
Escuela de sanación Inti en Ti -Madre Luna.
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