10/05/2026
LA PANDEMIA QUE NADIE QUIERE VER.
Una de las áreas más interesantes y desafiantes para un estudiante de medicina es la psiquiatría. En 1996, cuando me tocó recibir clases en el hospital psiquiátrico Fray Bernardino, la maestra nos enseñó que los pacientes que llegan a estar conscientes de su enfermedad mental y la aceptan, tienen un mayor apego al tratamiento, mejor control a largo plazo y mayor calidad de vida, en contraste con aquellos que niegan, rechazan, ignoran o incluso no cuentan con la capacidad de percibir que padecen un trastorno mental.
La Palabra de Dios nos enseña que el pecado es una enfermedad espiritual y universal, con graves consecuencias físicas, emocionales, familiares, sociales y eternas. La gran mayoría de las personas, de manera consciente o inconsciente, negamos, ignoramos, rechazamos o minimizamos esta condición. Sin percepción de esta enfermedad, no buscamos al único médico que puede sanarnos: nuestro Señor Jesucristo. Tampoco accedemos al tratamiento adecuado: su evangelio. Ante la gravedad de esta pandemia milenaria, te invito a que juntos meditemos en el pecado: ¿En qué consiste esta condición?, ¿Por qué todos los seres humanos padecemos esta enfermedad? y, sobre todo, ¿Cuál es la medicina que puede sanar nuestra existencia y librarnos de este terrible mal?
Como preámbulo, establezcamos tres premisas. Primera: Dios nos creó para vivir eternamente con Él, como dice en Eclesiastés 3:11: “En su momento, Dios todo lo hizo hermoso, y puso en el corazón de los mortales la noción de la eternidad, aunque éstos no llegan a comprender en su totalidad lo hecho por Dios.”
Segunda: Seamos conscientes de las leyes espirituales que Dios ha establecido. Una de las más importantes es el libre albedrío; cada persona tiene la capacidad de decidir si obedece o rechaza la voluntad de Dios, como dice en Deuteronomio 30:19: “Hoy pongo a los cielos y a la tierra por testigos contra ustedes, de que he puesto ante ustedes la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida, para que tú y tu descendencia vivan.”
Tercera: Dios es absolutamente puro, santo y separado del mal, incapaz de tolerar la iniquidad en su presencia, como dice en Salmo 5:4: “Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad; el malo no habitará junto a ti.”
El pecado se manifiesta al rechazar la voluntad de Dios, mostrando rebeldía ante sus principios y ordenanzas, como dice en Isaías 1:5-6: “¿Por qué quieren ustedes ser castigados todavía? ¿Van a seguir siendo rebeldes? Tienen toda la cabeza enferma, y todo el corazón adolorido. De la punta del pie hasta la cabeza no tienen nada sano. Todo son heridas, hinchazones y llagas abiertas, que nadie ha curado ni vendado ni limpiado con ungüento.” El profeta compara la condición pecaminosa con una enfermedad mortal que afecta a todo el ser: físico, emocional y espiritual, especialmente la mente y la voluntad.
El pecado afecta a todos los seres humanos, como dice en Salmo 14:3: “Pero todos se han desviado; todos a una se han corrompido. No hay nadie que haga el bien; ¡ni siquiera hay uno solo!” Y además nos separa de Dios: Romanos 3:23: “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios.”
El pecado tiene consecuencias graves, como dice en Salmo 38:3: “No hay parte sana en mi carne, a causa de tu ira; ni hay paz en mis huesos, a causa de mi pecado.” Aquí el salmista describe el peso del pecado como una dolencia que afecta cuerpo y alma.
Además, como parte del engaño global en el que vivimos, existen muchas mentiras alrededor del pecado. Por ejemplo:
Muchas personas no son conscientes de que ciertas acciones son contrarias a Dios, y creen que no pecan.
Otros piensan que los pecados cometidos no son graves y dicen: “Como Dios es bueno, los ignorará.”
Sin embargo, la Biblia enseña lo contrario: todas nuestras acciones serán tomadas en cuenta. Dios juzgará cada pecado, y por más peccata minuta que los consideremos, la consecuencia será la muerte, como dice en Romanos 6:23a: “Porque la paga del pecado es muerte.” Por tanto, todos pecamos, no existen pecados pequeños; todo pecado es pecado. Mientras no tomemos el tratamiento, no seremos curados de esta enfermedad, y la consecuencia final será la muerte eterna, separados de Dios.
El único médico que puede contrarrestar las consecuencias eternas del pecado es nuestro Señor Jesucristo. En Mateo 9:12 nos confronta con la percepción equivocada: “Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.” Por lo tanto, quienes se consideran “sanos”, libres de pecado, ignorando su verdadera condición espiritual, manifiestan soberbia y autosuficiencia, manteniéndose lejos de Dios, como dice en Salmo 138:6: “Tú, Señor, estás en las alturas, pero te dignas atender a los humildes; en cambio, te mantienes alejado de los orgullosos.”
Nuestro Señor Jesucristo, en la cruz, tomó sobre sí cada uno de los pecados de toda la humanidad —pasados, presentes y futuros— otorgando con su muerte el pago requerido. Ese pago no fue eximido, fue realizado en nuestro lugar: el justo por los injustos. 1 Pedro 2:24 dice: “Él mismo llevó en su cuerpo nuestros pecados al madero, para que nosotros, mu***os ya al pecado, vivamos para la justicia. Por sus heridas fueron ustedes sanados.”
Por medio de su obra —crucifixión, muerte y resurrección— Él sanó la enfermedad del pecado, trayendo perdón y restauración. Además, otorga una sanidad definitiva al eliminar la condición espiritual que ya no existirá en la eternidad: Apocalipsis 21:4 dice: “Dios enjugará las lágrimas de los ojos de ellos, y ya no habrá muerte, ni más llanto, ni lamento ni dolor; porque las primeras cosas habrán dejado de existir.”
En conclusión, el pecado es una enfermedad que esclaviza, corrompe, debilita y nos separa del Señor. Cristo es el médico divino que trae sanidad por medio de su sacrificio, y en la vida eterna disfrutaremos de una existencia libre de toda dolencia espiritual, pero para ello debemos reconocerlo, arrepentirnos y pedir perdón. El Covid, la influenza, el hantavirus y otras enfermedades son importantes y pueden causar mucho daño. Sin embargo, nuestra principal preocupación debe ser la pandemia del pecado.
Reconozcamos nuestra condición, recibamos a Jesús como Señor y Salvador, pidámosle perdón, pongámonos a cuentas cada día y mantengámonos firmes en la fe, hasta el cumplimiento del tiempo del fin y cada una de sus promesas, con la guía y fortaleza que otorga el Espíritu Santo a los creyentes. Recuerda que a la vida eterna con el Señor Jesús solo irán los pecadores redimidos, los que se arrepintieron y pidieron perdón.
Medita, comenta y comparte. Saludos y bendiciones a todos los amigos de Emsavalles, a quienes escuchan Media Luna FM y a quienes nos acompañan en este podcast. Hasta la próxima, si Dios lo permite.
Dios les bendiga grandemente, saludos y gracias a EmsaMedia