04/01/2026
Un día llegó un muchacho flaco, con la guitarra en mano. Se llamaba Franco Javier López Escamilla
Me dijo: ‘Soy trovador, me gusta cantar’.
Le respondí: ‘Vamos a hacer algo: tú abres el show mientras la gente entra, cena y se acomoda, y luego salen los comediantes’. Le ofrecí 500 pesos por día.
Me dijo que era poco. Entonces le expliqué: cinco días a la semana, 2,500 por semana, 10,000 pesos al mes.
Lo pensó y aceptó.
En ese tiempo le compartí una frase que a mí me marcó para siempre, una que me dijo Benito Castro cuando le pregunté cómo podía agradecerle todo lo que había hecho por mí: el agradecimiento es la memoria del corazón.
Le dije: ‘Agradecer no es devolverme algo a mí, es ayudar a otro’. Franco escuchó… y no lo olvidó.”
Años después, ya convertido en el fenómeno que todos conocen Franco Escamilla, me habló por teléfono: “Padrino, quiero estar contigo el 31 de diciembre en tu bar”. Yo le contesté: “Hijo, ¿cómo te voy a pagar?”.
Y me dijo algo que todavía me aprieta la garganta al recordarlo:
“Págame lo mismo que la última vez”. Yo le dije que no fuera así, que eso no era justo. Y él, con una calma que desarma, me respondió: “¿Se acuerda de lo que me dijo? El agradecimiento es la memoria del corazón”.
Colgué y le hablé a mi gerente: “¿Sabes quién va a estar el 31?”.
Cuando le dije el nombre, pensó que era una broma.
Pero “No viene gratis —le aclaré—, quiere 2,500 pesos”.
El día llegó y franco se presentó en mi bar.
Ese día se llenó por completo el bar, hubo filas para entrar fue un éxito total, al terminar su presentación se fue sin cobrarme un solo centavo.
Ese día entendí que el verdadero éxito no está en cuánto cobras cuando llegas arriba, sino en no olvidar quién te dio trabajo cuando apenas estabas empezando.
Perro Guarumo, recordando a Franco Escamilla y una lección que no se enseña en ningún escenario: la gratitud también tiene memoria… y corazón.