04/01/2026
Esta afirmación es un principio ontológico.
La sexualidad es un eje neurofisiológico mayor: circuitos dopaminérgicos que modelan el deseo, redes límbicas que integran emoción y memoria, y una corteza prefrontal que, cuando madura, transforma el impulso en elección consciente. Honrarla es optimizar el sistema; respetarla es coherencia biológica elevada a ética personal.
La sexualidad es energía primordial, una corriente creativa que asciende y se refina cuando no se reprime ni se banaliza. Es alquimia interior: el instinto transmutado en presencia, el placer convertido en consciencia. Tratarla con amor es custodiar un fuego antiguo; hacerlo con respeto es saber cuándo encenderlo y cuándo contemplarlo.
El cuerpo como templo, el deseo como rito.
Debemos asumir la responsabilidad de nuestro poder erótico.
Y no confundir el exceso con intensidad, ni consumo con intimidad. La verdadera atracción nace de la integración, y la integración es magnética.
Cuándo la sexualidad se vive con amor y respeto, deja de ser ruido y se convierte en lenguaje. Un lenguaje que persuade sin insistir, que atrae sin perseguir, que transforma sin imponer. Aquí, el deseo no domina: revela. Y en esa revelación, el ser se reconoce entero.