04/04/2026
SÁBADO SANTO (Día de Reposo)
Antes del comienzo del sábado, Jesús fue sepultado por José de Arimatea con ayuda de Nicodemo.
Noche del viernes al sábado (6:00 p.m. – 6:00 a.m.)
Como el sábado comenzaba el viernes a la puesta del sol, no había tiempo que perder; preparar un cuerpo para darle una sepultura apropiada era un trabajo que un verdadero judío no realizaría en sábado. Y José no podía esperar hasta el domingo para bajar a Jesús de la cruz, porque la ley de Moisés estipulaba que el cuerpo no se podía dejar de un día para otro (Deuteronomio 21:22, 23).
Arimatea era un pueblo situado en los montes de Efraín, a unos 32 kilómetros al noreste de Jerusalén; Marcos 15:43 dice que José era miembro del sanedrín y Lucas 23:51 dice que no estuvo de acuerdo con la decisión de matar a Jesús. Juan 19:39 dice que Nicodemo, que también era miembro del sanedrín (Juan 3:1), le ayudó a José a preparar el cuerpo de Jesús para la sepultura.
Lucas 23:50–54 (RVA 2015) He aquí, había un hombre llamado José, el cual era miembro del concilio, y un hombre bueno y justo. Este no había consentido con el consejo ni con los hechos de ellos. Él era de Arimatea, ciudad de los judíos, y también esperaba el reino de Dios. Este se acercó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana de lino y lo puso en un sepulcro cavado en una peña, en el cual nadie había sido puesto todavía. Era el día de la Preparación y estaba por comenzar el sábado.
Juan 19:38–42 (RVA 2015) Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le permitiera quitar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo permitió. Por tanto, él fue y llevó su cuerpo. También Nicodemo, que al principio había venido a Jesús de noche, fue llevando un compuesto de mirra y áloes como de treinta y cuatro kilos. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con las especias, de acuerdo con la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto había un sepulcro nuevo en el cual todavía no se había puesto a nadie. Allí, pues, por causa del día de la Preparación de los judíos y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.
El cuerpo de Jesús yace en el sepulcro prestado por José de Arimatea.
Mateo 27:57–61 (RVA 2015) Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea llamado José, quien también había sido discípulo de Jesús. Este se presentó a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diera. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro nuevo que había labrado en la peña. Luego hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro y se fue. Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas delante del sepulcro.
Los sumos sacerdotes y fariseos sellan la tumba y colocan guardias romanos por temor a que los discípulos roben el cuerpo.
Mateo 27:62–66 (RVA 2015) Al día siguiente, esto es, después de la Preparación, los principales sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato diciendo: Señor, nos acordamos de que mientras aún vivía, aquel engañador dijo: “Después de tres días resucitaré”. Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que sus discípulos vengan y roben el cadáver, y digan al pueblo: “Ha resucitado de los muertos”. Y el último fraude será peor que el primero. Pilato les dijo: Tienen tropas de guardia. Vayan y asegúrenlo como saben hacerlo. Ellos fueron y, habiendo sellado la piedra, aseguraron el sepulcro con la guardia.
Sólo Mateo registra el episodio de los esfuerzos por asegurar la tumba; y es interesante la manera en que se refiere al día sábado, como el día después de la Preparación. Es de sorprender, que un grupo de incrédulos recordara la predicción de Jesús de que resucitaría al tercer día, mientras que los discípulos creyentes aparentemente lo olvidaron. Al día siguiente de su muerte, es decir, en sábado, los sumos sacerdotes y los fariseos fueron a ver a Pilato y le informaron de las palabras de Jesús; aunque no creían en Jesús (ese engañador), temían que sus discípulos pudieran robar el cuerpo e intentar fabricar una mentira de resurrección. Si esto sucediera, el engaño sería peor que cualquier cosa que Jesús hubiera logrado en su vida.
Pilato estuvo de acuerdo con su sugerencia y ordenó que se enviara un guardia a la tumba para hacerla lo más segura posible. La guardia romana no sólo selló la tumba (presumiblemente con el sello romano oficial y con un cordón y cera, que si se manipulaba, podía ser detectada) sino que continuó manteniendo un guardia; su presencia hacía imposible robar el cuerpo.
Las mujeres (María Magdalena, María la madre de Jesús y otras) preparan especias aromáticas para ungir el cuerpo, pero guardan reposo según el mandamiento.
Lucas 23:55–56 (RVA 2015) Las mujeres que habían venido con él de Galilea también lo siguieron y vieron el sepulcro y cómo fue puesto el cuerpo. Entonces regresaron y prepararon especias aromáticas y perfumes, y reposaron el sábado conforme al mandamiento.
Todo el día sábado (6:00 a.m. – 6:00 p.m.)
La tumba permaneció con una guardia romana, y sellada con una piedra de gran peso.
λίθος (líthos). Un pedazo de roca, ya sea moldeada o natural.
El término λίθος en el Nuevo Testamento puede emplearse para hablar de piedras bastante grandes, y las piedras de los cimientos de los edificios del Templo. En todos estos contextos, sin embargo, la referencia se refiere a las piedras que se han movido a su posición o que son capaces de moverse, aunque con alguna dificultad.
Efesios 4:8–10 (RVC) Por esto dice: «Subiendo a lo alto, llevó consigo a los cautivos, Y dio dones a los hombres.» Y al decir «subiendo», ¿qué quiere decir, sino que también primero había descendido a lo más profundo de la tierra? El que descendió, es el mismo que también ascendió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo.
1 Pedro 3:18–1 Pedro 4 (NTV) Cristo sufrió por nuestros pecados una sola vez y para siempre. Él nunca pecó, en cambio, murió por los pecadores para llevarlos a salvo con Dios. Sufrió la muerte física, pero volvió a la vida en el Espíritu. Por lo tanto, fue a predicarles (κηρύσσω – kirýsso, proclamar, anunciar, predicar) a los espíritus encarcelados, esos que desobedecieron a Dios hace mucho tiempo, cuando Dios esperaba con paciencia mientras Noé construía el arca. Sólo ocho personas se salvaron de morir ahogadas en ese terrible diluvio. El agua del diluvio simboliza el bautismo que ahora los salva a ustedes —no por quitarles la suciedad del cuerpo, sino porque responden a Dios con una conciencia limpia— y es eficaz por la resurrección de Jesucristo. Ahora Cristo ha ido al cielo. Él está sentado en el lugar de honor, al lado de Dios, y todos los ángeles, las autoridades y los poderes aceptan su autoridad.
La predicación de Jesús no tuvo el propósito de darles a los condenados una segunda oportunidad para arrepentirse, sino el de proclamar simplemente su victoria; Jesús hizo lo que hacen con frecuencia los generales victoriosos: van a la capital del enemigo e izan la bandera del conquistador.