Clínica Psicológica Educativa y de Hipnoterapia "La Paz de Mi Ego"

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Clínica Psicológica Educativa y de Hipnoterapia "La Paz de Mi Ego" Mtr.Maria del Rosario Gamboa Hernández
Atención Psicológica
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Asesoria Psicopedagógia

02/03/2026
02/03/2026
02/03/2026

¡A ver qué tan buena memoria tienes de tus clases del colegio! 🏛️ La mayoría se equivoca. ¡Deja tu respuesta en los comentarios! 👇🧠

02/03/2026

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02/03/2026

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En 1942 le quitaron todo. El abrigo. El nombre. El trabajo de su vida. Hasta su manuscrito, cosido en el forro de la chaqueta, fue arrojado al fuego. Le afeitaron la cabeza, le tatuaron un número: 119.104. Creyeron que así habían borrado al hombre.

Estaban catastróficamente equivocados.

Habían despojado a Viktor Frankl de todo lo externo. Pero al hacerlo, lo empujaron hacia el único territorio que ningún guardia podía invadir: su libertad interior.

Meses antes, en Viena, tenía una visa para Estados Unidos. Seguridad. Futuro. Vida. Pero la visa no incluía a sus padres. Frente a un fragmento de mármol rescatado de una sinagoga destruida —“Honra a tu padre y a tu madre”— tomó la decisión que marcaría su destino: se quedó.

Theresienstadt. Auschwitz. Dachau. Hambre, frío, humillación. Sin embargo, como psiquiatra, observó algo inquietante: no morían primero los más débiles, sino los que perdían el sentido. Cuando un prisionero fumaba su propio ci******lo —moneda de cambio por un plato de sopa— estaba renunciando al mañana. Y el cuerpo lo seguía.

Frankl comprendió que quien tiene un porqué puede soportar casi cualquier cómo.

Así comenzó su rebelión silenciosa. Reescribió mentalmente el libro que habían quemado. Se imaginó dando conferencias futuras. Habló en su mente con su esposa Tilly sin saber si seguía viva. Se aferró al amor como ancla invisible. Y empezó a preguntar a otros prisioneros: “¿Qué te espera?”. Una hija. Un libro por terminar. Una razón.

En 1945 fue liberado. Pesaba poco más de 40 kilos. Y entonces supo la verdad: su esposa, sus padres, su hermano… todos habían mu**to.

Podía haberse rendido.

En cambio, escribió. En nueve días reconstruyó su obra. No para la fama, sino para dar testimonio. Ese libro, El hombre en busca de sentido, recorrería el mundo y devolvería esperanza a millones.

Frankl demostró algo que incomoda y libera al mismo tiempo: pueden quitarnos casi todo, pero no la actitud con la que enfrentamos lo inevitable.

No somos lo que nos ocurre.

Somos lo que elegimos hacer con lo que nos ocurre.

03/01/2026

La gente que nació entre 1975 y 1999 pertenece a una generación verdaderamente irrepetible.
No por moda, no por ego… sino por historia vivida.

Nacimos justo entre dos mundos.
Antes de que el internet dominara todo, pero lo suficientemente a tiempo para adaptarnos cuando llegó.
Crecimos sin pantallas táctiles, pero aprendimos a usarlas.
Jugamos en la calle hasta que oscurecía… y luego vimos cómo el mundo se volvía digital.

La generación anterior nos enseñó el valor del esfuerzo, la disciplina, la constancia, el respeto y la palabra.
La siguiente nos mostró el trabajo inteligente, la rapidez, la innovación y la tecnología.
Y nosotros… aprendimos de ambas.

Vimos pasar la historia frente a nuestros ojos:
📻 la radio
📺 la televisión
🎮 Mario Bros
📼 cassettes y VHS
📀 DVD
📱 Nokia
🕹️ Nintendo y PlayStation
🏬 los videoclubs
📲 Netflix, Snapchat
🤖 y ahora la realidad virtual

Somos la generación que recuerda y razona.
Que respeta la tradición, pero no tiene miedo de cuestionarla.
Que piensa antes de creer y analiza antes de seguir.
Los de antes no preguntaban.
Los de después muchas veces no recuerdan de dónde viene todo.

Somos el puente entre la era industrial y la era del internet.
Entendemos ambos lados porque los vivimos, no porque nos los contaron.

Por eso esta generación debería estar moviendo el mundo.
Porque los de antes ya no ven lo que está pasando…
y los que vienen no siempre saben de dónde salió lo que hoy tienen.

Somos la generación que conecta el pasado con el futuro.
Y eso… no se aprende, se vive.

03/01/2026
03/01/2026

Roma, verano de 1952.
Una mujer de 24 años estaba en un set de cine, convencida de que estaba a punto de fracasar estrepitosamente.
Audrey Hepburn había sobrevivido a la Holanda ocupada por los n***s siendo niña, donde la malnutrición terminó con sus sueños de convertirse en prima ballerina. Había hecho trabajos de coro en teatros de Londres. Había tenido pequeños papeles en películas que nadie recordaba.

Ahora, Paramount Pictures la había elegido para interpretar a una princesa en *Vacaciones en Roma*—junto a uno de los nombres más grandes de Hollywood.
Ella estaba segura de que no pertenecía allí.

Gregory Peck tenía 37 años, era confiado, ya había sido nominado a un Oscar. Su contrato le garantizaba el crédito principal en solitario. El estudio lo había contratado para sostener la película. El nombre de Audrey apenas aparecía en los materiales promocionales.
Nadie esperaba que se convirtiera en una leyenda.
Excepto Gregory Peck.

A mitad del rodaje, hizo algo casi inaudito en Hollywood.
Fue al director William Wyler y pidió que Audrey recibiera el mismo crédito que él—la misma prominencia de su nombre, por encima del título.
Las estrellas no hacían eso. El crédito significaba poder, influencia, prueba de tu estatus en la brutal jerarquía de Hollywood. No se ofrecía compartirlo.
“Ella va a ganar el Premio de la Academia por esta interpretación”, les dijo Peck.
Pensaron que había perdido la cabeza.

Pero Peck había visto algo mágico sucediendo frente a la cámara. Más tarde describió verla como “como observar una flor al florecer”.
En el set, se convirtió en su protector silencioso. Cuando ella tenía dificultades con las escenas, él la guiaba con paciencia y bondad. Años después, Audrey recordaría: “No solo Greg aceptó tenerme como su compañera protagonista, sino que me guió durante meses con amabilidad, paciencia y humor a través de una de las experiencias más hermosas de mi vida.”

Cuando *Vacaciones en Roma* se estrenó en agosto de 1953, el mundo se enamoró.
Los críticos la llamaron “una revelación”. El público quedó cautivado. Y cuando llegaron los Premios de la Academia en marzo de 1954, Audrey Hepburn ganó el Oscar a Mejor Actriz—exactamente como Gregory Peck había predicho.
Fue la primera actriz en ganar un Oscar, un Globo de Oro y un BAFTA por una sola interpretación.

Pero esta historia no termina con un premio.
Termina con cuarenta años de amistad genuina.

En Hollywood, las relaciones en el set suelen desvanecerse cuando termina el rodaje. Pero no esta.
Gregory y Audrey intercambiaban cartas escritas a mano. Asistían a los estrenos del otro. Celebraban matrimonios y lloraban pérdidas juntos. Cuando Audrey dejó Hollywood para criar a sus hijos, Peck lo entendió. Cuando ella dedicó sus últimos años a UNICEF, viajando a las regiones más pobres del mundo para ayudar a los niños, él la admiró aún más.
Ella se había convertido exactamente en lo que él había visto en ella desde el principio: alguien cuya luz hacía mejor al mundo simplemente por existir.

En enero de 1993, Audrey Hepburn murió en su casa en Suiza. Tenía 63 años.
En su servicio memorial, Gregory Peck se puso de pie ante los dolientes y leyó su poema favorito—*Amor sin fin* de Rabindranath Tagore.
“Parece que te he amado en incontables formas, incontables veces”, recitó, con la voz quebrada. “En vida tras vida, en edad tras edad, por siempre.”

El actor compuesto y digno había desaparecido. En su lugar estaba alguien desnudo de dolor, despidiéndose de una persona a la que había amado y admirado durante cuatro décadas.
Él había creído en ella cuando ella no podía creer en sí misma.
Había luchado por su reconocimiento cuando el estudio la veía como prescindible.
La había visto convertirse en estrella, luego en leyenda, y finalmente en humanitaria que cambió incontables vidas.
Y cuando llegó el momento de decir adiós, la honró con lo único que le quedaba por dar: sus lágrimas.

Gregory Peck murió diez años después, en 2003.
Pero su historia vive—no como un romance de Hollywood, sino como algo más raro y más hermoso: una amistad construida sobre la bondad desinteresada, el respeto mutuo y el poder profundo de creer en alguien antes de que esa persona crea en sí misma.

A veces, el mayor regalo que puedes darle a otra persona no es amor, ni dinero, ni fama.
Es simplemente ver su luz antes que nadie—y asegurarte de que todo el mundo la vea también.

29/12/2025

Hace diez años, conseguí mi trabajo actual no por mi currículum, ni por mi corbata, sino por mis zapatos rotos.

Llevaba seis meses desempleado. Mi cuenta bancaria estaba en números rojos y mi autoestima por los suelos. Por fin, conseguí una entrevista para un puesto junior en una multinacional importante. Era mi gran oportunidad. El problema es que mi único traje me quedaba grande (había bajado de peso por comer mal) y mis únicos zapatos de vestir tenían la suela partida a la mitad. Literalmente, si pisaba un charco, se me mojaba el calcetín.

La noche anterior, intenté pegarlos con pegamento extra fuerte. Parecía que aguantaban. Los lustré hasta que brillaron para disimular lo viejos que eran. Salí de casa sintiéndome un impostor.

Caminé hacia la oficina porque no tenía para el taxi y quería ahorrarme el autobús. A dos cuadras de llegar, sucedió el desastre. Tropecé con un desnivel en la acera. Crac. Sentí cómo la suela del zapato derecho se desprendía casi por completo. Quedó colgando, haciendo un sonido de "clac-clac" cada vez que daba un paso.

Me quise morir. Me escondí en la entrada de un edificio. Tenía ganas de llorar. ¿Cómo iba a entrar a una sala de juntas con un zapato que hablaba? Busqué en mi maletín. No tenía pegamento. Lo único que encontré fue una liga elástica (una banda de goma) que usaba para sujetar unos papeles. Con toda la vergüenza del mundo, me puse la liga alrededor del zapato para sostener la suela. Se veía horrible. Se notaba a kilómetros que mi zapato estaba amarrado.

Pensé en irme. "No vayas, Carlos. Se van a reír de ti. Eres un perdedor", me decía mi mente. Pero pensé en mi refrigerador vacío. Respiré hondo, me acomodé el traje grande y entré cojeando levemente para disimular.

En la entrevista, me senté rápido y escondí los pies debajo de la silla. El entrevistador era el Director Regional, un tipo imponente, de traje impecable y reloj de oro. La entrevista iba bien. Yo respondía con seguridad, aunque por dentro rezaba para que no me pidiera levantarme.

Al final, me dijo: —"Carlos, me gusta tu perfil. Vamos a la oficina de al lado para que conozcas al equipo".

El terror me invadió. Tenía que caminar. Me levanté. Di el primer paso. La liga aguantó. Di el segundo paso. La liga se rompió. Clac. Clac. Clac. El sonido de mi suela golpeando el piso resonó en el pasillo silencioso de mármol. Todos voltearon a ver. Me puse rojo como un tomate. Quería que la tierra me tragara. Me detuve en seco.

El Director se detuvo, miró mis pies, vio el zapato destrozado y la liga rota en el suelo. Hubo un silencio eterno. Yo esperaba la risa, o la mirada de asco. —"Perdón...", susurré, con los ojos llenos de lágrimas. "He tenido una mala racha. No volverá a pasar".

El Director no se rió. Se agachó. Sí, ese hombre millonario se agachó hasta el suelo frente a mí. Miró mi zapato de cerca. Luego se levantó y me miró a los ojos con una seriedad absoluta.

—"¿Caminaste hasta aquí?", me preguntó. —"Sí, señor". —"¿Y entraste a la entrevista sabiendo que traías el zapato así? ¿No te dio vergüenza y te fuiste a tu casa?". —"Me dio mucha vergüenza, señor. Pero necesito el trabajo. El hambre es más fuerte que la pena".

El Director sonrió. Fue una sonrisa genuina. —"Hace 20 años, yo fui a mi primera entrevista con una chaqueta prestada que olía a naftalina porque no tenía otra. Sé reconocer el hambre de triunfo cuando la veo. Un hombre que se atreve a caminar con la suela rota para buscar una oportunidad, es un hombre que no se va a rendir cuando las cosas se pongan difíciles en la empresa".

Me puso la mano en el hombro. —"Estás contratado. Y tu primer bono será un adelanto para que te compres dos pares de zapatos. Uno para trabajar, y otro para salir a caminar con la cabeza en alto".

Ese día no solo conseguí empleo. Conseguí un mentor. Hoy, tengo muchos pares de zapatos. Pero guardo aquel zapato roto en una caja en mi armario. Lo miro cuando siento que tengo "problemas" en el trabajo. Lo miro y recuerdo que la verdadera elegancia no está en lo que llevas puesto, sino en el coraje de no dar media vuelta y huir.

🧠 Reflexión para llevar:
La resiliencia vale más que la apariencia.

A veces dejamos que nuestras inseguridades materiales nos frenen. "No voy a esa reunión porque mi coche es viejo". "No voy a ese evento porque no tengo ropa de marca". "No aplico a ese puesto porque no tengo los contactos".

Te estás derrotando tú mismo antes de empezar. El mundo está lleno de gente con trajes perfectos y espíritus débiles. Pero la gente que realmente tiene éxito, sabe valorar las agallas.

No te avergüences de tu proceso, ni de tus carencias actuales. Si tienes que ir con la suela rota, ve. Si tienes que ir en autobús, ve. Si tienes que pedir prestado, pide. Pero preséntate. La oportunidad no puede encontrarte si te escondes en tu casa por vergüenza. Tu "zapato roto" de hoy es la historia de éxito que contarás mañana.

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