22/01/2026
La conversación sobre la soledad suele abordarse como un problema emocional, pero la evidencia empieza a situarla en otro plano: el biológico.
El aislamiento no sólo afecta cómo se vive, también deja marcas medibles en el cerebro, especialmente en sociedades que envejecen y normalizan la reducción del contacto cotidiano.
Un estudio poblacional realizado en Japón analizó resonancias magnéticas de 8,896 personas mayores de 65 años sin demencia, comparando el volumen cerebral según la frecuencia de contacto social con familiares y amigos.
Los resultados mostraron una relación clara y progresiva: a menor interacción social, menor volumen cerebral total y mayor presencia de lesiones en la sustancia blanca.
Los investigadores observaron una reducción del volumen cerebral total y alteraciones en regiones clave como el hipocampo y la amígdala, áreas vinculadas con la memoria y la regulación emocional, además de un mayor número de lesiones asociadas a deterioro cognitivo, demencia y mayor riesgo de ictus.
Estos cambios aparecieron incluso sin aislamiento extremo, al pasar de contactos frecuentes a esporádicos.
El estudio no establece una relación causal directa, pero sí una asociación robusta entre aislamiento social y envejecimiento cerebral.
Además, los síntomas depresivos explicaron parte de esta relación, actuando como un factor que puede amplificar el impacto neurológico del aislamiento.
Publicada en Neurology en 2023 por Toshiharu Ninomiya y su equipo, la investigación desplaza la discusión sobre la soledad hacia un plano menos abstracto.
El contacto social deja de ser un elemento accesorio del bienestar y aparece como una condición con efectos biológicos observables sobre el cerebro que envejece.