07/12/2025
REFLEXIÓN
“LA MADRE QUE QUIERE SALVAR A SU HIJO”
Una madre puede dar la vida por su hijo… pero también puede perder la suya intentando salvarlo.
Hay madres que aman tan fuerte, tan profundo, tan desde el alma… que confunden amor con rescate, cuidado con sacrificio, presencia con sobreprotección.
Y lo más doloroso es esto:
mientras ella se desvive por salvarlo, su hijo se hunde un poco más.
Porque cuando una madre quiere “salvar”, sin darse cuenta empieza a cargar lo que no le pertenece: las decisiones, las consecuencias, el dolor, la responsabilidad.
Y el hijo —ese hijo herido, perdido en la adicción— empieza a vivir en una lógica peligrosa:
“Yo caigo… mi mamá me levanta. Yo rompo… mi mamá arregla. Yo consumo… mi mamá me busca.”
Ahí la madre deja de ser madre y se vuelve un salvavidas emocional. Y el salvavidas, en vez de enseñarle a nadar, lo acostumbra a no mover los brazos.
Y aquí viene lo más fuerte:
Una madre que salva demasiado no salva: reemplaza.
Reemplaza la responsabilidad, reemplaza el límite, reemplaza el dolor que él necesita sentir para despertar.
He escuchado a madres decirme llorando:
—“Es que si no lo ayudo, ¿quién lo va a hacer?”
Y yo les respondo con el corazón en la mano:
“Si sigues "ayudándolo" así… nadie podrá hacerlo. Ni siquiera él.” A los hijos la mejor forma de ayudarlos es NO ayudarlos.
Porque un hijo no se recupera cuando mamá lo salva, se recupera cuando mamá suelta, cuando mamá deja de cubrir incendios y entiende que amar también es hacer espacio para que el otro crezca.
La madre que quiere salvar a su hijo no es mala.
Es una mujer asustada, desgastada, llena de esperanza que no ha descubierto algo fundamental:
A VECES, EL ACTO MÁS GRANDE DE AMOR... ES DEJAR QUE ÉL ENFRENTE SU PROPIA VERDAD.
Y aunque duela, aunque rompa, aunque parezca abandono…
Ese es el primer paso para que él se encuentre con la vida y no con la adicción.
INF. 492 144 1265