05/05/2026
Así sea!!!!
La fotografía no es difícil de encontrar en redes sociales cada primavera: una hilera de orugas peludas, de tonos anaranjados y grises, avanzando en procesión por un camino de tierra o sobre el asfalto de un parque. La imagen, a menudo compartida con estupor o repugnancia, muestra a la procesionaria del pino (Thaumetopoea pityocampa). La mayoría de los comentarios son de miedo: “¡Cuidado con los perros!”, “¡No la toques!”, “¡Hay que quemar los nidos!”. Pero el artículo de El País, publicado en pleno descenso de estas orugas (entre febrero y marzo), no es un manual de exterminio. Es un manual de convivencia. Explica que la procesionaria no es una plaga invasora, sino una especie autóctona de los bosques mediterráneos. Que forma parte de la dieta de insectos y aves (herrerillos, abubillas, cucos). Que sus pelos urticantes contienen una toxina (thaumatopina) peligrosa para humanos y mascotas, pero que la mejor protección no es matarlas, sino no molestarlas. No tocarlas, ni siquiera con un palo. No pisarlas. No prender fuego a los nidos (salvo por personal especializado, y con riesgo de incendio). Dejar que sigan su camino. La imagen de la hilera de orugas no es la imagen de una invasión. Es la imagen de un ciclo natural que, alterado por el cambio climático (inviernos más suaves, más orugas supervivientes, sequías que debilitan a los pinos), se está desequilibrando. No es culpa de la procesionaria. Es culpa del calentamiento global. Pero nuestra reacción instintiva es matar. Quemar. Erradicar. El artículo de El País nos invita a pensar dos veces antes de actuar. No por amor a las orugas (que no son especialmente carismáticas), sino por seguridad y por respeto al ecosistema.
Esta imagen de la fila de orugas avanzando en procesión es la versión más instructiva de todas las historias que hemos contado. El perro abandonado en Dubái era la crueldad del dinero. El tiranosaurio descubierto era la ciencia básica. Pero aquí, hay una lección práctica sobre cómo relacionarnos con una especie nativa que nos resulta incómoda. La procesionaria no es un monstruo. No es una plaga importada. Es una polilla nocturna que, en su fase de oruga, tiene pelos urticantes como defensa. No ataca. No persigue. No se sube a los árboles para matarlos (es raro que mate a un pino, salvo en condiciones de sequía extrema). Su objetivo es bajar del árbol, enterrarse, y convertirse en mariposa. El problema es que ese descenso suele coincidir con paseos por el campo, áreas recreativas, y parques urbanos. El problema no es la oruga, es la coincidencia espaciotemporal con humanos y mascotas. Y la solución no es el exterminio indiscriminado, sino la prevención: evitar pasear bajo pinos afectados, cubrirse la piel, usar gafas, y si se ve una fila, no tocarla. Dejar que pasen. La ciencia del CREAF (Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales) y las recomendaciones del Colegio de Veterinarios de España son claras: matar orugas a pisadas o con fuego libera sus pelos urticantes al aire, empeorando el problema. La respuesta instintiva de “mátalas” es contraproducente. La respuesta inteligente es “aléjate”. No es una postura cómoda. La naturaleza no siempre es cómoda. Pero es más segura.
Las causas de la demonización de la procesionaria son múltiples: el peligro real para mascotas (un perro puede morir si ingiere una oruga, por necrosis de la lengua y dificultad respiratoria), el miedo a picaduras en niños, el aspecto de las orugas (peludas, con colores llamativos, en hileras que parecen militares), y la desinformación. Mucha gente cree que es una especie invasora, cuando no lo es. Cree que mata pinos, cuando rara vez lo hace. Cree que quemar los nidos es eficaz, cuando sin control especializado puede provocar incendios forestales y dispersar toxinas. Las redes sociales amplifican el pánico. Los remedios caseros (sal, vinagre, lejía) no funcionan. La única medida preventiva a gran escala es la gestión forestal sostenible (eliminación de nidos por profesionales en invierno, promoción de depredadores naturales). El cambio climático está empeorando el problema: inviernos más suaves permiten sobrevivir a más orugas, y las sequías prolongadas debilitan a los pinos, haciéndolos más vulnerables a la deforestación no letal pero estresante. No es un problema de orugas. Es un problema de calentamiento global. Pero es más fácil odiar a la oruga que reducir las emisiones de CO2. La procesionaria es el chivo expiatorio. Y nosotros, los humanos, los verdugos entusiastas.
El impacto ecológico de una gestión agresiva de la procesionaria (quemas masivas, insecticidas) sería negativo. Las orugas son alimento para herrerillos, abubillas, cucos, y murciélagos. También son huéspedes de un hongo que las parasita. Eliminarlas por completo rompería la cadena trófica. El impacto de no hacer nada (dejar que las orugas sigan su ciclo) es la posibilidad de picaduras accidentales en humanos y mascotas. La solución de compromiso es la prevención y la gestión localizada. No el pánico. El artículo de El País es un ejemplo de periodismo científico útil: no solo informa del problema, sino que ofrece soluciones prácticas basadas en la evidencia. Desmonta mitos (el de la oruga guía, el de la quema casera). Y subraya que la procesionaria tiene un papel en la naturaleza. No es una enemiga. Es una vecina incómoda. Y como con muchos vecinos incómodos, la mejor estrategia es mantener las distancias.
El espacio para la esperanza realista, en este caso, es la educación ambiental. Cada año, más personas conocen los riesgos de la procesionaria y saben cómo actuar. Los veterinarios están formados para tratar intoxicaciones. Los bomberos colaboran en la eliminación controlada de nidos. Los ayuntamientos instalan carteles informativos en los parques. No es una solución definitiva, pero reduce el número de incidentes. La pregunta que la imagen de la hilera de orugas avanzando en procesión debería dejarnos resonando es la siguiente: ¿cuántas otras especies autóctonas estamos persiguiendo y eliminando por miedo o por desinformación, cuando en realidad forman parte del equilibrio de los ecosistemas y solo necesitan que las respetemos a distancia? ¿Y hasta cuándo seguiremos reaccionando con violencia ante lo que nos resulta extraño o incómodo, en lugar de informarnos y actuar con prudencia? Porque lo que está en juego aquí no es solo la supervivencia de la procesionaria del pino. Es la de nuestra relación con la naturaleza. No podemos amar la biodiversidad solo cuando es bonita o útil. También hay que respetarla cuando es urticante o fea. La procesionaria no es una plaga. Es un recordatorio de que los ecosistemas tienen ciclos que a veces nos molestan. Pero eliminarlos no es la solución. La solución es aprender a convivir. Eso implica no tocar. No pisar. No prender fuego. Implica observar desde lejos, proteger a los vulnerables (niños, mascotas), y permitir que la procesionaria complete su ciclo. Porque cuando se entierre, se convertirá en mariposa. Para entonces, nosotros ya habremos seguido nuestro camino. Y el bosque, un poco más saludable. Ojalá aprendamos la lección. No solo con las orugas. Con todo.