29/03/2026
Lo más duro no es perder un lugar…
es darte cuenta de que nunca fue tuyo.
Durante años viví en una casa que no construí.
Con paredes llenas de “deberías”,
techos bajos de “no puedes”,
y espacios perfectamente ordenados
para que otros se sintieran cómodos…
aunque yo no pudiera respirar.
Aprendí a ser inquilina de mi propia vida.
A pagar alquiler con silencios.
A aceptar contratos que nunca leí,
solo por miedo a quedarme vacía.
Confundí el ruido con compañía.
Y el vacío… con libertad.
Y lo peor no era eso.
Lo peor era que ya me había acostumbrado.
A encogerme.
A no molestar.
A no mover nada…
por si alguien más lo necesitaba intacto.
Hasta que un día lo entendí.
No estaba viviendo.
Estaba ocupando un espacio que no me pertenecía.
Y no me fui rompiendo todo.
No hubo portazos.
No hubo escándalo.
Fue más difícil que eso.
Fue una despedida lenta.
De esas donde recoges cada parte de ti
que dejaste olvidada en algún rincón.
Donde miras las grietas…
y en lugar de odiarlas,
les das las gracias.
Porque te enseñaron exactamente
lo que ya no quieres repetir.
Y ahora…
Ahora estoy en otro lugar.
Uno más vacío, sí.
Pero por primera vez… es mío.
Estoy poniendo cosas propias.
Un sillón sin forma.
Una mesa donde cabe el caos.
Ventanas que abro sin pedir permiso.
Sin explicaciones.
Sin culpa.
Solo yo.
Dejar de ser quien eras… también es una forma de volver a casa.
No eras libre… solo estabas acostumbrado a sobrevivir.
-- You don’t lose yourself in the wrong places… you forget you were never meant to stay.
Irte no es abandonar.
Es elegirte por primera vez.
¿En qué parte de tu vida sigues viviendo como invitada/o?
Créditos al autor