08/01/2026
https://www.facebook.com/61575118547269/posts/122154662246837284/?mibextid=wwXIfr
El tan nombrado estrés
La paquetería biológica en un mundo líquido
¿Qué pasaría si el estrés no fuera un error del sistema, sino parte del equipo con el que llegamos a la vida?
¿Y si, en lugar de intentar eliminarlo, nos preguntáramos por qué se activa con tanta intensidad en la forma en que hoy habitamos el mundo?
El estrés suele presentarse como algo que “nos ocurre”, una anomalía a corregir, un síntoma incómodo del que hay que deshacerse. Pero ¿y si fuera, en realidad, una función de serie?
Una paquetería biológica sofisticada, diseñada para protegernos, alertarnos y permitirnos adaptarnos.
Un sistema neutral y brillante que ha hecho posible nuestra supervivencia. Tal vez la pregunta no sea cómo apagarlo, sino qué nos está intentando decir.
El cuerpo está preparado para responder al desafío. Lo vemos en cómo el músculo se fortalece bajo tensión o en cómo ciertos estímulos nos vuelven más resilientes.
El problema no parece estar en la exigencia en sí, sino en la ausencia de reposo. Como una piedra lanzada al agua, el estrés debería generar ondas que luego se disuelven.
Pero ¿qué ocurre cuando el agua nunca vuelve a estar quieta? ¿Qué sucede cuando el sistema de alerta permanece encendido en un mundo que no se detiene?
Aquí aparece la sociedad líquida de la que hablaba Zygmunt Bauman.
Un entorno donde los vínculos, las certezas y las estructuras se disuelven con rapidez.
En un mundo así, detenerse puede sentirse peligroso: si nada es estable, descansar parece equivalente a quedar atrás.
¿Cuánta parte de nuestro estrés no nace de esta sensación de precariedad permanente, más que de amenazas reales?
A esta fluidez se suma la lógica de la inmediatez. Vivimos expuestos a una densidad de estímulos inédita, donde la atención se ha convertido en mercancía y la urgencia en norma.
El presente se acelera, el futuro amenaza y el pasado pierde espesor. ¿Cómo no iba a activarse nuestro sistema de alerta si todo parece demandar respuesta inmediata? ¿Cómo distinguir entre una amenaza vital y la ansiedad de no responder un mensaje a tiempo?
Desde la psicología, el estrés puede leerse como una crisis de la percepción y del Self.
No es solo lo que sucede “afuera”, sino la manera en que nuestra psique interpreta ese afuera. Como escribió Anaïs Nin, no vemos las cosas como son, sino como somos.
Esa interpretación se teje entre dos dimensiones: el temperamento, nuestra base biológica, y el carácter, la estructura que construimos para encajar y ser aceptados. ¿Qué ocurre cuando ese carácter —diseñado para responder a la velocidad del entorno— le exige a nuestro temperamento un esfuerzo que lo desgasta?
El agotamiento crónico parece surgir de esa disonancia: el dolor de sostener una forma que no se siente propia, de simular solidez en un mundo que se deshace.
Y esa tensión no es solo individual. Desde una mirada sistémica, muchas veces el cuerpo estresado habla por sistemas más amplios: familias, trabajos, culturas que nunca descansan.
¿Cuántas de nuestras prisas son realmente nuestras y cuántas responden a lealtades invisibles a mandatos de sacrificio y rendimiento?
Byung-Chul Han advierte que el mandato contemporáneo ya no es “debes”, sino “puedes”.
Y en ese “tú puedes” se esconde una forma de autoexplotación: el estrés ya no viene solo de afuera, sino que se internaliza como exigencia constante. El Self se confunde con su productividad. ¿Quién somos cuando no estamos produciendo, respondiendo, mostrando?
En el cuerpo, esta tensión sostenida se traduce en carga alostática. El eje HPA —hipotálamo, hipófisis y suprarrenales— coordina la respuesta al estrés inundando el organismo de cortisol y adrenalina.
Este sistema no distingue entre un peligro físico real y una amenaza simbólica persistente.
¿Qué le ocurre a un cuerpo sólido cuando vive atrapado en un mundo líquido que no ofrece pausas reales?
Quizá el impacto más delicado de este estado no se ve de inmediato en los adultos, sino en los niños. Ellos funcionan como sismógrafos emocionales: registran la vibración del entorno antes de comprenderla.
Cuando el sistema nervioso de un adulto vive colonizado por la urgencia, el hogar deja de ser refugio y se convierte en espacio de hipervigilancia. ¿Qué pasa cuando un niño pierde el derecho al Kairos, al tiempo propio del juego, la espera y el asombro, para ser arrastrado por el Chronos de la prisa adulta?
Tal vez la sanación no consista en atacar el estrés como enemigo, ni en anestesiarlo con técnicas rápidas, sino en atrevernos a revisar nuestra mirada.
Reconocer que el estrés cumple una función y que su desborde es una señal: algo en nuestra forma de vivir está pidiendo ajuste. ¿A qué ritmo estamos exigiéndonos existir? ¿A quién o a qué está sirviendo nuestra prisa?
Recuperar el derecho a la lentitud no es negar el estrés, sino devolverle su lugar. Permitir que las ondas se disipen. Decidir que nuestra urgencia no será el clima emocional que otros —especialmente los niños— tengan que respirar. Tal vez ahí, cuando el agua vuelve a su cauce, el sistema nervioso encuentra por fin un lugar más humano donde descansar.
¡TU IMPORTAS! Y en C7 Salud Mental estamos para escucharte y atenderte.☎️ +5255.2106.0923
IG:
Fb: C7