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"¡Todavía no he acabado!

En 2018, la policía alemana encontró a dos ancianos a las tres de la mañana. No estaban en una parada de autobús, ni caminando perdidos por un parque. Estaban en el Wacken Open Air, el festival de Heavy Metal más grande del mundo.

Se habían escapado de su geriátrico. La noticia dio la vuelta al mundo entre risas y pulgares arriba.

Nos fascinó la idea de que, a los 80 años, alguien prefiera el rugido de una guitarra eléctrica al silencio aséptico de una habitación con olor a desinfectante.

Pero detrás de la anécdota hay un umbral que rara vez nos atrevemos a cruzar: el derecho a la intensidad.

A men**o tratamos la vejez como una sala de espera. Creemos que, al llegar a cierta edad, el volumen de la vida debe bajarse al mínimo, que los deseos deben ser sutiles y los movimientos predecibles.

Pero esos dos hombres, en su desorientación o en su lucidez (que para el caso es lo mismo), caminaron hacia donde había ruido, hacia donde había gente, hacia donde el suelo vibraba.

No buscaban solo música; buscaban sentir.
Al igual que la historia de Leonor Wysocki —aquella mujer que se fugó para comerse un helado de limón frente al mar—y que circula por las redes estos dias, estos "rebeldes del metal" nos recuerdan que el espíritu no se jubila.

Que la identidad no es algo que se pierde con los años, sino algo que los demás dejan de ver en nosotros.

Quizás no todos queramos ir a un festival de metal a los 80 años. Pero todos, sin excepción, querremos que el mundo nos siga reconociendo como seres capaces de elegir nuestro propio "ruido".

Porque morir no es lo que da miedo. Lo aterrador es que, mientras estemos aquí, nos obliguen a vivir como si ya nos hubiéramos ido.

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24/01/2026

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“Sentirse en casa fuera de casa" 🏠✨
¿Vives en Estados Unidos?
Sabemos lo que es estar aquí: trabajar duro, sacar adelante a la familia y tratar de no perder nuestras raíces en medio de tanta tecnología e información.

A veces, entre tantas responsabilidades, nos sentimos solas en la lucha diaria.

En C7 Salud Mental queremos que recuperes ese sentido de hogar. Te invitamos a nuestro 3er. Taller:

PERTENECE.

Este es un espacio de reflexión y acompañamiento creado para nosotras, donde:
• Platicamos de lo que nadie más entiende.
• Meditamos para soltar el estrés de la semana.
• Reconocemos que, aunque estemos lejos de donde nacimos, aquí también podemos formar una tribu.

¡No tienes que hacerlo todo sola! Ven a fortalecer tu camino en un ambiente de confianza.

📅 DETALLES:
• Inicia: Jueves 29 de enero.
• Horario: 6:30 - 8:30 pm (Hora Atlanta).
• Sesiones: 4 jueves vía ZOOM.
• Dirigido a mujeres
Consciencia · Conexión · Comunidad

👇 INFORMES E INSCRIPCIONES:
Mándale un mensaje a Sandra Weston al +1 (770) 310-9666 y platiquemos

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16/01/2026

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El riesgo de la "muleta del cansancio"

Desde una mirada sistémica y relacional, nos detenemos a pensar en el uso de esa frase que se nos ha vuelto cotidiana: "es que estoy cansado".

A veces la usamos como el motor para que nuestros hijos obedezcan, sin notar lo que esto genera en el vínculo.

Cuando le pedimos a un niño que haga algo porque mamá o papá no pueden más, la motivación cambia de lugar: el niño ya no recoge sus juguetes por el sentido de habitar su espacio, sino por una carga emocional hacia el adulto. Casi sin querer, lo invitamos a ser el cuidador de nuestro propio agotamiento.

Para un niño, el cansancio del adulto es todavía una abstracción. Su fatiga es distinta, se cura con un momento de juego, y le cuesta dimensionar este agotamiento crónico que hemos fabricado en el mundo contemporáneo.

Al usar nuestra fatiga como muleta, la palabra corre el riesgo de vaciarse de sentido, volviéndose un ruido de fondo que el niño aprende a esquivar para no abrumarse.

Además, en el sistema familiar las emociones fluyen y se contagian; si el lenguaje que más habitamos es el del agotamiento, es natural que el hijo responda con la misma moneda: "yo también estoy cansado".

El encuentro se vuelve entonces difícil, porque ambos nos retiramos a nuestras trincheras de fatiga y nos cuesta encontrar ese "nosotros" que construye.
La mentalización nos invita a mirar al hijo y sentir qué estará pensando él, pero también a ser conscientes de lo que le estamos proyectando. Al decir "hazlo porque estoy cansado", quizá dejamos de ver las necesidades del niño por mirar nuestras propias carencias.

Es un dilema de nuestra época: en el afán de alejarnos de los autoritarismos rígidos del pasado, a veces nos sentimos sin suelo firme y terminamos apelando a nuestra vulnerabilidad para ser escuchados.

El filósofo Byung-Chul Han dice que vivimos en la "sociedad del cansancio", donde estar agotados parece ser nuestra única forma de identidad.

Tal vez hemos integrado tanto ese cansancio que nos cuesta vincularnos desde la vitalidad, incluso con nuestros hijos.
Quizá, en el fondo, nos habita el miedo a que el hijo nos rechace si sostenemos un límite claro, y buscamos en nuestro cansancio una forma de suavizar el peso de nuestra autoridad.

Sin embargo, el límite que nace del orden y el respeto también es una forma de amor, mientras que la obediencia que nace de la pena puede dejar al niño con una responsabilidad que no le corresponde.

¿Nos hemos vuelto una generación de padres que pide permiso a través de la lástima? Los leemos.

¿Qué cambió?

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08/01/2026

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El tan nombrado estrés

La paquetería biológica en un mundo líquido
¿Qué pasaría si el estrés no fuera un error del sistema, sino parte del equipo con el que llegamos a la vida?

¿Y si, en lugar de intentar eliminarlo, nos preguntáramos por qué se activa con tanta intensidad en la forma en que hoy habitamos el mundo?

El estrés suele presentarse como algo que “nos ocurre”, una anomalía a corregir, un síntoma incómodo del que hay que deshacerse. Pero ¿y si fuera, en realidad, una función de serie?
Una paquetería biológica sofisticada, diseñada para protegernos, alertarnos y permitirnos adaptarnos.

Un sistema neutral y brillante que ha hecho posible nuestra supervivencia. Tal vez la pregunta no sea cómo apagarlo, sino qué nos está intentando decir.
El cuerpo está preparado para responder al desafío. Lo vemos en cómo el músculo se fortalece bajo tensión o en cómo ciertos estímulos nos vuelven más resilientes.

El problema no parece estar en la exigencia en sí, sino en la ausencia de reposo. Como una piedra lanzada al agua, el estrés debería generar ondas que luego se disuelven.

Pero ¿qué ocurre cuando el agua nunca vuelve a estar quieta? ¿Qué sucede cuando el sistema de alerta permanece encendido en un mundo que no se detiene?
Aquí aparece la sociedad líquida de la que hablaba Zygmunt Bauman.

Un entorno donde los vínculos, las certezas y las estructuras se disuelven con rapidez.
En un mundo así, detenerse puede sentirse peligroso: si nada es estable, descansar parece equivalente a quedar atrás.

¿Cuánta parte de nuestro estrés no nace de esta sensación de precariedad permanente, más que de amenazas reales?
A esta fluidez se suma la lógica de la inmediatez. Vivimos expuestos a una densidad de estímulos inédita, donde la atención se ha convertido en mercancía y la urgencia en norma.

El presente se acelera, el futuro amenaza y el pasado pierde espesor. ¿Cómo no iba a activarse nuestro sistema de alerta si todo parece demandar respuesta inmediata? ¿Cómo distinguir entre una amenaza vital y la ansiedad de no responder un mensaje a tiempo?

Desde la psicología, el estrés puede leerse como una crisis de la percepción y del Self.
No es solo lo que sucede “afuera”, sino la manera en que nuestra psique interpreta ese afuera. Como escribió Anaïs Nin, no vemos las cosas como son, sino como somos.

Esa interpretación se teje entre dos dimensiones: el temperamento, nuestra base biológica, y el carácter, la estructura que construimos para encajar y ser aceptados. ¿Qué ocurre cuando ese carácter —diseñado para responder a la velocidad del entorno— le exige a nuestro temperamento un esfuerzo que lo desgasta?

El agotamiento crónico parece surgir de esa disonancia: el dolor de sostener una forma que no se siente propia, de simular solidez en un mundo que se deshace.
Y esa tensión no es solo individual. Desde una mirada sistémica, muchas veces el cuerpo estresado habla por sistemas más amplios: familias, trabajos, culturas que nunca descansan.

¿Cuántas de nuestras prisas son realmente nuestras y cuántas responden a lealtades invisibles a mandatos de sacrificio y rendimiento?
Byung-Chul Han advierte que el mandato contemporáneo ya no es “debes”, sino “puedes”.

Y en ese “tú puedes” se esconde una forma de autoexplotación: el estrés ya no viene solo de afuera, sino que se internaliza como exigencia constante. El Self se confunde con su productividad. ¿Quién somos cuando no estamos produciendo, respondiendo, mostrando?

En el cuerpo, esta tensión sostenida se traduce en carga alostática. El eje HPA —hipotálamo, hipófisis y suprarrenales— coordina la respuesta al estrés inundando el organismo de cortisol y adrenalina.

Este sistema no distingue entre un peligro físico real y una amenaza simbólica persistente.
¿Qué le ocurre a un cuerpo sólido cuando vive atrapado en un mundo líquido que no ofrece pausas reales?

Quizá el impacto más delicado de este estado no se ve de inmediato en los adultos, sino en los niños. Ellos funcionan como sismógrafos emocionales: registran la vibración del entorno antes de comprenderla.

Cuando el sistema nervioso de un adulto vive colonizado por la urgencia, el hogar deja de ser refugio y se convierte en espacio de hipervigilancia. ¿Qué pasa cuando un niño pierde el derecho al Kairos, al tiempo propio del juego, la espera y el asombro, para ser arrastrado por el Chronos de la prisa adulta?

Tal vez la sanación no consista en atacar el estrés como enemigo, ni en anestesiarlo con técnicas rápidas, sino en atrevernos a revisar nuestra mirada.

Reconocer que el estrés cumple una función y que su desborde es una señal: algo en nuestra forma de vivir está pidiendo ajuste. ¿A qué ritmo estamos exigiéndonos existir? ¿A quién o a qué está sirviendo nuestra prisa?

Recuperar el derecho a la lentitud no es negar el estrés, sino devolverle su lugar. Permitir que las ondas se disipen. Decidir que nuestra urgencia no será el clima emocional que otros —especialmente los niños— tengan que respirar. Tal vez ahí, cuando el agua vuelve a su cauce, el sistema nervioso encuentra por fin un lugar más humano donde descansar.

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¿Cómo te sientes después del movimiento de hoy? 🏢🙏Comenzar el día con un temblor en la Ciudad de México nos recuerda alg...
02/01/2026

¿Cómo te sientes después del movimiento de hoy? 🏢🙏

Comenzar el día con un temblor en la Ciudad de México nos recuerda algo que a veces olvidamos: la vida puede cambiar en segundos, y nuestro sistema nervioso lo sabe antes que nuestra mente.

Un sismo no sólo mueve la tierra; también mueve certezas. Es normal experimentar sensaciones confusas:

• Angustia: Si sientes el pecho apretado, un n**o en la garganta o falta de aire (es tu cuerpo procesando el impacto).

• Ansiedad: Si tienes pensamientos que no paran, taquicardia o miedo a que se repita (es tu mente intentando prevenir un peligro).

No es debilidad: es tu cuerpo activando un mecanismo de protección. La salud mental se cuida ahí, en cómo acompañamos e interpretamos lo que sentimos.

Te proponemos dos tareas importantes para hoy:

1️⃣ Regresar al presente: Respira, nombra lo que ocurre (“estoy a salvo ahora”) e hidrátate. Son acciones simples que le informan al cerebro que el peligro ya pasó.

2️⃣ No minimizar lo que sientes: Ya sea que sientas mucha alteración o una calma aparente, ambas respuestas son humanas. Validar tu sentir, sin exagerarlo ni negarlo, es una forma de cuidado.

✨ Si la tensión persiste, intenta este ejercicio de anclaje (1 minuto):
• Inhala 4 segundos, exhala 6. Repite 5 veces. 🌬️

• Mira a tu alrededor y nombra 5 cosas que ves, 4 que sientes, 3 que escuchas, 2 que hueles y 1 que saboreas. 🖐️👁️

Si sientes que el miedo se quedó "atrapado" en tu cuerpo, prueba el Abrazo de Mariposa:

1. Cruza tus brazos sobre el pecho, de modo que la punta de los dedos de cada mano quede debajo de la clavícula del lado opuesto.

2. Entrelaza tus pulgares (formando el cuerpo de una mariposa).

3. Da pequeños golpecitos alternados con tus manos sobre tu pecho (izquierda, derecha, izquierda...) de forma suave y rítmica, como si fueran aleteos.

4. Mientras lo haces, respira profundo y observa tus pensamientos sin juzgarlos.

Este estímulo bilateral le indica a tu cerebro que puede soltar la alerta y regresar al equilibrio.

La vida es frágil, pero somos capaces de reorganizarnos. Cuidar la salud mental es aprender a volver a la calma.

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Muchas personas —sobre todo las nuevas generaciones— ven como si estuviéran deshilachadas. No porque hayan pasado por un...
29/12/2025

Muchas personas —sobre todo las nuevas generaciones— ven como si estuviéran deshilachadas.

No porque hayan pasado por un invierno que las rompió, sino porque no han pidido
hilvanrase del todo a lis tettos que les ha tocado vivir.

Hoy los grandes hilos que antes unían la identidad colectiva se han roto o directamente no han encontrado como tejerse a las generaciónes de antes.

Ya no creen en las instituciones que prometían sentido: la religión, el Estado, la familia tradicional, el trabajo como vocación, el progreso lineal.

Tampoco les sirven los grandes relatos que antes hilvanaban la vida de las personas: el héroe, el sacrificio, la redención, el “érase una vez”.

Sin esas historias, sin leyendas compartidas, sin mitos que nos inviten a reflexionar sobre quiénes somos y hacia dónde vamos… ¿con qué nos cosemos? ¿Qué hilo usamos para unir los pedazos de experiencia, de deseos, de miedos?

El resultado es un vacío existencial sin precedentes: miles de estímulos, opciones infinitas, información constante… pero pocas narrativas que nos permitan detenernos, mirarnos y decir “esto soy yo, esto quiero ser”.

Nos movemos, sí, pero como tela con puntos sueltos: frágiles, a punto de deshacernos si la vida tira un poco fuerte.

Quizá lo que necesitamos es volver a aprender a hilvanarnos con historias pequeñas, propias, imperfectas. Contarnos a nosotros mismos, aunque sea con puntos bastos y provisionales. Recuperar el arte de la reflexión no como lujo, sino como necesidad: detenernos a preguntarnos qué relato queremos tejer con nuestra vida, aunque no sea épico, aunque no tenga final garantizado.

Porque sin cuento propio, sin reflexión, seguimos deshilachados. Y una tela deshilachada no abriga ni protege.

¿Sienten que las nuevas generaciones estan más deshilachadas que nunca? ¿Qué historias (propias o ajenas) están usando para coserse?

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Una lección de Frau Holle sobre el arte de mirar antes de la oscuridad

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24/12/2025

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En el mundo occidental contemporáneo, hemos cometido el error de confundir la obsolescencia tecnológica con la obsolescencia humana. Esto quiere decir que la tecnología la hemos diseñado para que lo "viejo" se deseche rápidamente porque ya no es "eficiente" o "rápido". Y dolorosamente hemos empezado a mirar a las personas mayores bajo esa misma lógica cruel.

En nuestra carrera frenética por la novedad, hemos construido una sociedad que rinde culto a la juventud —entendida solo como capacidad de producción y consumo— y que, por consecuencia, ha relegado al anciano al rincón de lo improductivo.

Al hacerlo, no solo hemos aislado a nuestros mayores, sino que nos hemos amputado a nosotros mismos la raíz que nos conecta con el sentido de la existencia.
A diferencia de la cosmovisión de los Anangu en Australia, donde el ser humano es una extensión sagrada del paisaje y las leyes ancestrales del Tjukurpa, Occidente vive en una disociación profunda.

Hemos separado al sujeto de la naturaleza y al presente de su historia, convirtiendo la vejez en un recordatorio incómodo de nuestra propia vulnerabilidad y finitud, en lugar de verla como la cima de la comprensión.

Mientras los aborígenes de Uluru nos enseñan que el origen se está gestando en un proceso continuo y multidimensional, nosotros hemos adoptado una visión lineal y desechable de la vida.

Para los Anangu, el conocimiento no es algo que se posee de forma individual para el éxito personal, sino un flujo que se transita y se mantiene para el equilibrio del cosmos. Sus ancianos no son personas "del pasado"; son los intérpretes de un mundo donde lo visible y lo invisible coexisten, encargados de hacer que el país cobre vida a través de historias, ceremonias y el cuidado de la tierra.

Al silenciar a nuestros propios ancianos, hemos perdido el acceso a esos sitios sensibles de nuestra alma y hemos dejado de visitar las fuentes de energía sagrada para conformarnos con la estimulación artificial de la técnica.

Una generación que no escucha a sus abuelos es una generación huérfana, condenada a una soledad existencial y a repetir errores cíclicos porque ha perdido la brújula de la experiencia compartida.

La consecuencia más devastadora de este olvido es la pérdida de la unidad. Vivimos en un paisaje sin rasgos característicos, un mundo que, a pesar de estar hiperconectado, se siente árido y fragmentado.

Recuperar el lugar del anciano en nuestra época no es, por tanto, un acto de caridad o nostalgia, sino un acto de supervivencia cultural y espiritual. Es necesario volver la vista a ese conocimiento ancestral que permite que el universo siga anclado en principios sagrados, comprendiendo que la forma correcta de vivir nace de la conjunción entre lo que vemos y las leyes universales que nos mantienen conectados a todo.

Solo así, rescatando la figura del anciano como puente y guardián, podremos transitar este presente con la certeza de que, mientras haya existencia, el espíritu de lo que somos seguirá repitiéndose y floreciendo, tal como lo ha hecho durante mil generaciones en las tierras de Uluru.

Dejanos tus comentarios.

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19/12/2025

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En el camino del bienestar emocional, existen diferentes rutas para comprender por qué a veces nos sentimos atrapados en los mismos patrones.

La repetición de nuestras conductas no tiene que ser una condena; es, en realidad, una señal de que algo en nosotros o en nuestro entorno está buscando una resolución.

Tanto la Terapia Gestalt como la Terapia Sistémica nos ofrecen herramientas valiosas para transformar esta repetición en una nueva posibilidad de libertad, abordando el problema desde ángulos que se complementan profundamente.

Desde la mirada de la Gestalt, la repetición se entiende como la presencia de un asunto inconcluso: una vivencia que no pudo cerrarse, una emoción no expresada o una necesidad que sigue buscando completarse en el presente.

Aquí, la conducta se convierte en un intento reiterado de cierre; no repetimos porque estemos fijados al pasado, sino porque algo de nuestra experiencia quedó interrumpido y sigue demandando contacto en el "aquí y ahora".

El énfasis no está en reconstruir el origen del problema, sino en observar cómo ese pendiente se actualiza hoy en nuestra forma de vincularnos o de protegernos.

Cuando ese asunto logra entrar en el campo de la conciencia y la emoción se permite, el "darse cuenta" permite cerrar lo que quedó abierto, y la conducta, al cumplir su función, recupera finalmente su flexibilidad.

Por otro lado, la mirada sistémica amplía el foco hacia el entramado de nuestras relaciones. En este enfoque, la repetición no es solo un proceso interno, sino una pauta que sostiene el equilibrio de los sistemas a los que pertenecemos, como nuestra familia.

La conducta repetitiva funciona aquí como un mecanismo de regulación o un mensaje cifrado que intenta proteger a alguien o mantener una unión.

Al entender "para qué" nos sirve ese comportamiento dentro de nuestra red de vínculos, podemos dejar de ver la conducta como un fallo individual y empezar a verla como parte de una danza colectiva.

El cambio surge entonces al mover nuestra posición en ese tablero relacional, permitiendo que todo el sistema encuentre una nueva forma de organizarse más saludable.

Estas dos perspectivas son caminos distintos para llegar al mismo destino: movernos del lugar del sufrimiento hacia uno de mayor consciencia.

Mientras una nos ayuda a integrar lo que quedó pendiente en nuestra experiencia interna, la otra nos permite reordenar nuestro lugar en el mundo que compartimos con los demás.

En C7 Salud Mental, creemos que el cambio no ocurre por fuerza de la voluntad, sino por la comprensión profunda de estos procesos.

Al final, cuando la experiencia se asimila y el vínculo se comprende, la repetición deja de ser necesaria y se transforma en la oportunidad de escribir una historia diferente.

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Foto Gemini, inspirada en el artista Maurits Cornelius Escher

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18/12/2025

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¿Será que gran parte de nuestros conflictos está cimentada en que cada uno vive en una realidad distinta?

Entendernos parece una tarea imposible, pero no lo es. El secreto puede estar en la comunicación empática.

Imaginemos por un momento a un búho observando el bosque desde la copa más alta de un árbol y a un pequeño ratón recorriendo el mismo suelo entre las hojas secas.

Para el búho, el bosque es un mapa de distancias y copas verdes; para el ratón, es un laberinto de raíces inmensas y refugios oscuros. Ninguno miente, simplemente habitan perspectivas diferentes.

Qué pasaría si cambiamos la pregunta y pasamos de defender mi verdad a intentar conocer tu experiencia.

A men**o intentamos convencer al otro de que lo que vemos desde nuestra propia altura es la única verdad.

Sin embargo, para entendernos de verdad, debemos dejar de debatir quién tiene la razón y empezar a preguntar cómo es esto para ti.

El entendimiento comienza cuando validamos que la experiencia del otro es real para él, aunque no coincida con la nuestra.

Así como el búho no puede sentir la humedad de la tierra bajo sus garras, ni el ratón puede ver el horizonte infinito, nosotros tampoco podemos habitar el cuerpo o la mente del otro. Por eso, la palabra es nuestra mejor herramienta.

Escuchar activamente no es esperar nuestro turno para hablar, sino intentar ver el mundo desde el lugar del otro.

Es poner en práctica la escucha activa como un periscopio que nos permite asomarnos a una altura distinta a la nuestra.

Entendernos requiere aceptar que nuestra visión es siempre parcial porque nadie tiene el panorama completo del bosque.

Reconocer que mi realidad no es la única nos permite ser más pacientes y menos juiciosos. La empatía no consiste en sentir exactamente lo que el otro siente, sino en comprender por qué el otro experimenta el mundo de esa forma desde su circunstancia particular.

El entendimiento real nace de encontrar los puntos de contacto. Si nos enfocamos en el objetivo compartido de convivir en el mismo bosque, en lugar de pelearnos por quién tiene la mejor vista, podemos ayudarnos mutuamente.

Al final, no vemos las cosas como son, sino como somos.

Entendernos no significa pensar igual, sino ser capaces de respetar el paisaje del otro mientras compartimos el camino.

¡Tú importas! Y en C7 Salud Mental estamos para escucharte y atenderte.

Puedes contactarnos al teléfono +5255.2106.0923 o seguirnos en Instagram como y en Facebook como C7.

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