18/11/2025
“Lo que no se hace consciente se vive como destino.” Carl Jung- ABANDONO PATERNAL
Frankenstein: el hombre que duele, el hombre que busca, el hombre hecho de retazo.
De la última película de Guillermo del Toro, Frankenstein, esta historia no nos habla de monstruos, nos habla de hombres, de padres, de hijos,de vínculos rotos, de lo que ocurre cuando el dolor no se nombra,cuando la ternura se reprime, cuando el abandono se hereda y la sobreexigencia daña.
La criatura no nació, fue armada, hecha de partes de hombres mu***os: asesinos, delincuentes, víctimas del sistema, no es un solo cuerpo, es un linaje entero, un cuerpo colectivo de lo que la sociedad descartó, de lo que la familia negó, de lo que la cultura reprimió. y sin embargo, su corazón late,late con fuerza, late con preguntas,late con deseo de amar.
Porque aunque esté hecho de fragmentos, Frankenstein tiene corazón y ese corazón es bueno,no porque no se equivoque, sino porque quiere amar,porque busca,porque pregunta,porque no se rinde.
Su violencia no es maldad,es respuesta,es defensa, es el grito de alguien que fue creado sin consentimiento, sin contención, sin amor,es lo que ocurre cuando el corazón quiere amar, pero el cuerpo aprendió a protegerse,cuando el alma quiere pertenecer, pero el sistema la expulsa o la excluye.
Frankenstein no trata sobre el horror, sino sobre la soledad. Detrás de la criatura marginada y del creador ausente se esconde una metáfora profundamente humana: la del abandono paternal. Cuando un hijo crece sin la mirada que lo reconozca, sin la presencia que lo sostenga, puede sentirse como un experimento fallido: hecho de retazos de historias, buscando desesperadamente un lugar donde ser visto sin miedo. Desde la psicología familiar, Bowen (1978) explica que las heridas del abandono atraviesan generaciones, dejando una huella en los vínculos y en la capacidad de confiar. El niño no sólo pierde a un padre, sino también un espejo donde mirarse con pertenencia.
Frankenstein reconfigura el mito clásico: la criatura ya no es sólo monstruo por fuera, sino por dentro, el “monstruo” se construye con el abandono de un mirada paterna, la indolencia del creador, la soledad radical del excluido. Así, el hijo no sólo hereda el miedo a morir, sino el miedo a no existir.
En terapia humanista decimos: la persona que no fue nutrida en su identidad, se encuentra buscando fuera lo que nunca le fue dado dentro.
El film afirma que la “creación” puede volverse espejo de la frustración del “creador”: la ambición profesional, la negación del dolor, la huida emocional. Para el paciente que vivió abandono paternal, ver esta dinámica en pantalla permite iluminar la repetición: buscar pareja-padres / profesiones que asumen la validación ausente y recrear ese círculo doloroso.
El largometraje insiste en que el padre no solo crea vida, sino que delega dolor, abandono, frustración, esa sombra infértil se traspasa: el hijo se convierte en “otra criatura”, que a su vez puede repetir el abandono o exorcizarlo.
El verdadero monstruo no es la criatura, es su creador. Víctor, el hombre que juega a ser Dios, pero no asume la paternidad, el que engendra, pero no acompaña,el que repite la historia de su propio padre: un hombre ausente, frío, exigente, que también negó el vínculo. Víctor no crea por amor, sino por miedo, miedo a la muerte, miedo a la pérdida, miedo a sí mismo y cuando su creación le devuelve el espejo —su propio espejo—, huye, como tantos hombres que no saben qué hacer con lo que ellos mismos crearon y provocaron.
La película muestra con crudeza lo que ocurre cuando las lealtades familiares no se miran. Cuando el hijo carga con las culpas del linaje. Cuando el dolor no expresado se convierte en destino. El hermano de Víctor, asesinado por las acciones de su propio hermano. La madre, idealizada. El padre, emocionalmente ausente. Y en medio, una criatura que no pidió nacer, pero que hereda todo lo que no se resolvió.
Frankenstein también habla de la pareja. De ese anhelo de ser amado, de pertenecer, de no estar solo. Pero también del miedo a ser visto. Del temor a que, si alguien se acerca demasiado, descubra las costuras. Las partes que no encajan. Las heridas que aún sangran, aunque parezcan sanadas por fuera. Y, sin embargo, el amor auténtico no pide perfección. Pide presencia. Pide conciencia. Pide que el hombre se atreva a mirar su historia, a reconocer sus sombras, a integrar lo que fue negado.
En el Frankenstein de Del Toro, la criatura no es un error: es la sombra de Victor hecha carne.
Cada padre que huye de su herida la deja como herencia. La criatura no busca matar a su creador, solo ser mirada. En terapia pasa igual: no se busca castigo, sino reconocimiento. Lo monstruoso no habita en el hijo, sino en el silencio del padre.
En terapia sistémica esto se llama “transmisión intergeneracional de la carencia”. Del Toro lo explora al mostrar que Victor Frankenstein fue hijo, fue huérfano de validación, y que su creación refleja su propia herida. En clínica, podemos invitar al paciente a analizar: ¿qué repito de mi padre? ¿Qué voz suya está habitando mi vida hoy? La película lo muestra con impacto: no solo miramos al monstruo, miramos al creador, miramos al padre que no contuvo. Y en esa mirada entramos nosotros como terapeutas.
Esta historia nos toca. Nos recuerda que muchos fuimos abandonados a nuestra suerte y que, en un sistema enfermo, fuimos armados con lo que sobró. Con lo que no se dijo. Con lo que dolió en nuestros padres, en nuestros abuelos, con el dolor de nuestras madres y abuelas. Y luego, eso se vio en nuestras parejas. Fuimos hechos de exigencias, de mandatos, de silencios y aun así, aquí estamos con el corazón latiendo, con el deseo de amar bonito, sin repetir, con la voluntad de cuidar sin miedo.
Frankenstein no es solo una criatura, es una metáfora viva y su historia,si nos atrevemos a verla con actitud consciente, puede ser aprendizaje y reflexión. Porque el hombre hecho de la historia de otros puede convertirse en sí mismo. Puede dejar de repetir. Puede elegir amar. Puede cuidar sin miedo. Puede ser pareja sin esconderse. Puede estar solo sin sentirse roto.
Frankenstein, para muchos, que están en su búsqueda, puede no ser el final, sino el inicio, el inicio de una masculinidad consciente, amorosa, responsable,una que no niega el dolor, sino que lo sana y transforma,una que no huye de la sombra, sino que la abraza. Una que no necesita ser perfecta, porque ya es suficiente con ser real, aunque esté construida de partes que no son propias.
Dra. En Psicoterapia Clínica
Verónica Meza
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