21/04/2026
Hay un momento en que dejamos de reconocernos.
Hay conversaciones que no sabemos cómo tener. Las que ocurren cuando alguien que amamos está cambiando y no encontramos las palabras para decirle que nos asusta no reconocerlo, que lo buscamos en la memoria de quien fue y no siempre lo encontramos ahí.
Y del otro lado, quien está cambiando tampoco sabe bien cómo explicar que no se está yendo, que lo que parece una pérdida es en realidad un movimiento que durante mucho tiempo no tuvo espacio.
Esas conversaciones se difuminan en pleitos, en malentendidos, en tensiones sostenidas por no saber nombrar la herida. Este texto es un intento de nombrarla.
Sé que te duele verme, porque me buscas en la memoria de quien fui, y quizá ya no me encuentras ahí. Entiendo ese vértigo, lo reconozco, porque también de este lado hay algo que se está moviendo y que no siempre sé cómo nombrar. Para quien mira, puede sentirse como una pérdida: hay formas que ya no están de la misma manera.
Pero eso que parece que se va también está abriendo algo que apenas empieza a tomar forma.
No me estoy apagando. Lo que estás viendo no es una disminución, es un movimiento que durante muchos años no tuvo espacio.
Durante más de 50 años viví hacia afuera, sosteniendo, resolviendo, respondiendo, trabajando, equivocándome muchas veces y también acertando. Fui una mujer que empujaba la vida incluso cuando no sabía bien cómo, y esa forma de estar en el mundo también nos trajo hasta aquí. Pero esa manera no era la única posible, solo era la que conocía.
Hoy estoy aprendiendo a vivir hacia adentro, y eso cambia la forma en que me ves. Si a veces me notas más callada, más retirada, buscando espacios que desde fuera pueden parecer de baja energía, no es porque haya menos de mí, sino porque hay partes que por primera vez no están siendo empujadas a responder, a sostener, a rendir.
Hay algo que se está acomodando de otra manera, algo que no tiene prisa y que tampoco necesita justificarse todo el tiempo.
Sé que hay cosas de mi vida hoy que inquietan, decisiones que no encajan con la idea de seguridad que se tenía de mí. Lo entiendo. Pero mi tranquilidad ya no depende de que todo encaje en ese molde.
Depende de poder sostener lo que elijo, incluso cuando no es claro, incluso cuando no es cómodo. Volver atrás no es una opción para mí, no por dificultad, sino porque ya no habito ese lugar. Y aunque reconozco todo lo que ese pasado me dio, también sé lo que me costó sostenerlo durante tanto tiempo.
Elegir esta forma de estar, con sus riesgos, con sus límites, con sus momentos de duda, no es un error ni una caída. Es, por primera vez, una forma de pertenecerme.
Durante mucho tiempo sostuve una imagen de fortaleza que también tenía un costo, y hay un momento en la vida en que ese lugar deja de ser habitable. No porque falle, sino porque ya no corresponde.
No necesito que me salven ni que me devuelvan a quien fui. Lo que sí me importa es que, si pueden, se den la oportunidad de mirar sin buscar a esa persona que recuerdan, y que poco a poco puedan encontrarse con quien está aquí. No es mejor ni peor, pero sí distinta.
Y hay otro dolor que casi nunca se nombra: el de no saber cómo acompañar a alguien que está cambiando. Quieres acercarte, pero temes invadir; quieres ayudar, pero no sabes si te corresponde; quieres entender, pero a veces solo puedes mirar en silencio. Ese lugar intermedio, tan lleno de amor como de impotencia, también desgasta. También deja huella.
No tienen que hacerse cargo de mí, y yo también estoy aprendiendo a no colocar a otros en lugares que ya no les tocan. Esto que estamos viviendo no es un problema a resolver, es un proceso que nadie aprendió antes. Crecer también es esto: dejar de encontrarnos como antes y aprender, a veces con torpeza, a encontrarnos de nuevo.
Cuando me repliego no me voy. Es una forma de estar cuando no sé bien cómo hacerlo, cuando algo me incomoda, cuando no encuentro palabras o cuando entiendo que lo que soy en ese momento no tiene lugar. No es distancia, es una manera de no forzar algo que no está listo.
Tal vez lo más difícil de todo esto es que nadie nos enseñó a atravesarlo. Ni a quienes miran cambiar a los suyos, ni a quienes están cambiando sin saber bien en qué se están convirtiendo. Y en medio de eso, vamos a equivocarnos, una y otra vez, intentando acomodarnos en un lugar nuevo que todavía no termina de existir.
No se trata de dejar de preocuparse, porque esa es una forma de amar. Tal vez se trata de algo más silencioso: de permitir que lo que no se entiende del todo no tenga que resolverse de inmediato. De poder estar cerca sin necesidad de corregir.
Yo también estoy aprendiendo. A encontrar mi lugar en esta etapa, a habitar una forma distinta de ser madre, de ser mujer, de ser persona más allá de los roles que me definieron durante tanto tiempo. Y más adelante vendrán otros movimientos, otros cambios, incluso esos que asustan, como cuando la memoria ya no sea la misma o el cuerpo no responda igual. Pero incluso ahí, aunque hoy no sepamos cómo, también habrá formas de encontrarnos.
Te quiero. Y aunque a veces miremos distinto lo que significa estar bien, hay algo que intuyo más que entender: no se trata de volver a ser quienes fuimos, sino de aprender, una y otra vez, a reconocernos en quienes vamos siendo.
DZ