19/02/2026
Hoy me puse algo reflexivo.
Es largo, pero si puedes, tómate un momento para leerlo.
“La inmunidad natural es mucho mejor que las vacunas”.
Es una frase que se repite con frecuencia para justificar no vacunarse o no vacunar a los hijos. Pero… ¿es verdad?
La respuesta es simple: no.
El problema es que muchas de las personas que sostienen esa idea pertenecen a generaciones que nunca vieron —ni vivieron— las enfermedades que hoy podemos prevenir con vacunación.
Retrocedamos en el tiempo.
Imagina que eres un niño en la década de 1940 o 1950. Un día comienzas con lo que parece un resfriado común: un poco de moco, tos y algo de fiebre. Nada alarmante. Pero pasan los días y, una mañana, intentas levantarte de la cama… y tus piernas no responden. No puedes moverte.
Te llevan al médico. El diagnóstico: poliomielitis.
A partir de ahí solo hay dos caminos. En el mejor de los casos, la enfermedad no avanza, pero quedas con secuelas permanentes para caminar. En el peor escenario, el virus progresa y empieza a afectar también los músculos que te permiten respirar. Te falta el aire. No puedes hablar. No puedes tragar. Y finalmente, mueres.
Pero pensemos que tuviste suerte. Que tu polio fue leve o incluso asintomática —que, de hecho, era lo más frecuente—.
Tiempo después vuelves a enfermar. Otra vez síntomas de resfriado. Nada fuera de lo común. Al tercer día aparece un sarpullido rojizo que se extiende por tu cuerpo. El diagnóstico ahora es sarampión. Nadie se alarma demasiado: todos tus vecinos lo han tenido, tus compañeros también, incluso tus padres. “Es parte de crecer”, dicen.
Cuando parece que ya estás mejorando, reaparece la fiebre. Tienes un dolor de cabeza intenso. Vomitas. Te notas confundido, somnoliento. Convulsionas.
Has desarrollado encefalitis por sarampión.
De nuevo, dos caminos: sobrevivir con secuelas neurológicas permanentes… o formar parte del 10–20% que no sobrevive.
Pero supongamos que sobrevives.
Ahora tienes “inmunidad natural” contra poliomielitis y sarampión.
Tal vez no puedas caminar como antes. Tal vez necesites ayuda para actividades tan básicas como comer o ir al baño. Pero eso sí: inmune, ya eres.
Aquí es donde la idea de que la “inmunidad natural” es mejor que la vacuna deja de tener sentido. Porque entre un pinchazo en el brazo —que puede doler un poco y dar fiebre pasajera— y el riesgo real de una enfermedad que puede dejar secuelas permanentes o costarte la vida, la comparación es clara.
Vivimos en 2026 y, afortunadamente, estas enfermedades parecen cosa del pasado. Y precisamente porque no las vemos, algunos dudan de la necesidad de vacunarse. Incluso promueven no hacerlo.
Pero que hoy no las veamos no significa que no existan.
Las vacunas no hicieron desaparecer las enfermedades por arte de magia; las mantuvieron bajo control. Si bajamos la guardia, podemos abrir la puerta a escenarios que nuestros abuelos conocieron demasiado bien.
Porque la historia ya nos mostró lo que ocurre cuando no hay protección.
Y como dice la frase:
“Quien no conoce su historia está condenado a repetirla.”
Dr. Adrián Hinojosa - Pediatra