03/04/2026
Nos dijeron tantas veces
“primero los deberes y después los placeres”,
que muchos terminaron haciendo del deber una religión
y del placer una culpa.
Como si vivir tuviera que pedirse prestado.
Como si disfrutar fuera un premio
que solo se merece después de años de cansancio,
de cuentas pagadas,
de pendientes cumplidos,
de metas que, cuando llegan,
ya ni saben igual.
Y sí, claro que hay que cumplir.
Claro que hay que trabajar.
Claro que hay que construir estabilidad.
Pero otra cosa muy distinta
es hacer de la vida una sala de espera.
Porque hay quienes, por miedo a gastar,
terminan gastándose ellos.
Guardan el dinero,
pero se les vacían los días.
Acumulan bienes,
pero se quedan debiendo instantes.
Y entonces uno entiende
que la avaricia no siempre tiene cara de ambición desmedida;
a veces se disfraza de prudencia,
de sacrificio,
de falsa madurez.
Se ahorra tanto para el mañana,
que se termina hipotecando el presente.
Yo no creo que la riqueza esté solo en lo que se guarda.
Creo más en la riqueza de lo vivido:
en los viajes que te cambian el pulso,
en las personas que se vuelven memoria,
en las conversaciones que se quedan respirando dentro de uno,
en los lugares donde uno fue feliz
sin necesidad de poseer nada.
Porque al final,
lo que verdaderamente vale
no siempre se puede contar,
ni guardar en una cuenta,
ni presumir en inventarios.
Hay cosas que solo se acumulan en el alma.
Y quizá por eso,
cuando todo pase,
uno no recordará con orgullo el dinero que no se gastó,
sino la vida que sí se permitió.