12/12/2025
“¿Y ese frasco qué es, mi amor?”
El niño ni levantó la mirada.
“Es para comprarle un pastel al abuelo… él nunca ha tenido uno.”
Dijo la frase con una seriedad tan limpia, tan pura, que la madre sintió un n**o en la garganta antes de entender siquiera lo que pasaba.
Sobre la mesa había solo 23 pesos y un puñito de monedas que él acomodaba como si fueran tesoros.
No era el dinero lo que la conmovía…
Era el corazón de ese niño que todavía no sabía de precios, pero sí de gratitud.
El abuelo cumpliría años en una semana.
Un hombre de manos gastadas, silencioso, acostumbrado a dar sin esperar.
Nunca pedía nada.
Pero un día, casi riendo, había dicho:
“Yo nunca he tenido un pastel solo para mí…”
Y esas palabras, que para un adulto son solo un comentario, para el niño fueron una misión.
Desde entonces:
—Guardó monedas en vez de gastarlas.
—No compró dulces a la salida.
—Vendió dos dibujos en la escuela.
—Y cada noche metía una moneda más en ese frasco que sonaba a ilusión.
El domingo del cumpleaños llegó.
En la mesa, un pastel sencillo del supermercado.
Una vela torcida.
Un niño temblando de emoción.
Y un abuelo que, al verlo, se quebró en silencio.
No lloró por el sabor.
Ni por el tamaño.
Ni por el precio.
Lloró porque por primera vez en su vida…
alguien pensó en él con un amor tan pequeño por fuera y tan inmenso por dentro.
Porque a veces el gesto más grande
cabe en la alcancía más humilde.
Y a veces el amor verdadero viene de quien menos tiene,
pero de quien más siente.