21/03/2026
El dia que se perdio la "Ñ"
Había una vez un pequeño niño —sí, con ñ, porque no era cualquier nino sin gracia— que soñaba con un mundo extraño donde la letra ñ había desaparecido. Al principio, nadie notó el daño… pero pronto todo empezó a sentirse raro, como cuando te da un cosquilleo con ñañaras en la espalda y no sabes si reír o salir corriendo.
La señora del baño ya no decía “¡cariño!” sino “carino”… y aunque sonaba parecido, no abrazaba igual. El año se volvió “ano”, y de pronto felicitar a alguien por “un ano más de vida” causaba más ceños fruncidos que sonrisas. El niño —perdón, el nino— extrañaba profundamente esas palabras que le hacían guiños al alma: añorar, soñar, acompañar, empeñar el corazón en algo que valiera la pena.
Sin la ñ, los sueños se volvieron suenos… y aunque seguían existiendo, ya no tenían el mismo tamaño ni el mismo empeño. Las montañas se volvieron montanas, pero perdieron ese misterio que invita a escalar no solo con las piernas, sino con el alma. Y ni hablar del otoño… convertido en “otono”, como si le hubieran quitado la melancolía que lo hace tan entrañable.
La abuela del niño —una mujer pequeña pero con un cariño enorme— le decía:
“Mi niño, cuida siempre de la ñ, porque en ella viven los detalles que hacen grande lo pequeño.”
Y tenía razón.
Porque sin ñ no hay compañía, y el mundo se siente más solo.
Sin ñ no puedes decir mañana, y entonces todo se vuelve urgente, como si no hubiera tiempo para respirar.
Sin ñ no hay enseñar, y aprender se vuelve más frío.
Sin ñ no hay señal, y uno camina sin guía, como perdido entre sombras.
El niño decidió entonces hacer algo con mucho empeño: salir a buscar la ñ perdida. Caminó por el bosque —sí, bosque, no “bosqe”, porque incluso los árboles parecían susurrar con añoranza— hasta llegar a una pequeña cabaña donde un viejo leñador le ofreció una taza de té de piña con caña.
—¿Buscas algo, pequeño? —preguntó el leñador, con una sonrisa que parecía hecha de años y enseñanzas.
—Busco la ñ —respondió el niño, con el ceño ligeramente fruncido—. Sin ella, todo se siente… extraño, como si faltara cariño en el lenguaje.
El leñador soltó una carcajada suave.
—La ñ no se pierde, niño… se olvida. Vive en cada gesto que acompaña una palabra. Está en el abrazo, en el guiño, en el cariño sincero. Si la gente deja de sentir, deja de usarla… y entonces desaparece.
El niño entendió algo importante ese día: la ñ no era solo una letra, era un puente entre el sonido y el sentimiento.
Regresó a su casa y empezó a usarla con más empeño que nunca. Decía “te extraño” en lugar de “te extrano”, “te acompaño” en lugar de “te acompano”, y cada palabra volvía a tener alma, como si el mundo recuperara su tamaño.
Y así, poco a poco, la ñ regresó.
Regresó en el cariño de una madre.
En el sueño de un niño.
En la mañana que promete un nuevo comienzo.
En la montaña que desafía y abraza.
En el otoño que susurra despedidas suaves.
Y también —cómo no— en esas pequeñas ñañaras que te recorren cuando algo te toca el corazón sin permiso.
Porque al final, la ñ no es solo una letra…
es un pequeño milagro con moñito encima,
que convierte el lenguaje en compañía,
y la vida… en algo digno de ser soñado, añorado y profundamente amado.
Marcos Alvarado.