16/11/2025
🌹 Cualquier mujer puede ser reemplazada…
menos aquella que estuvo cuando todo te faltaba.
Esa que creyó en ti mientras el mundo dudaba,
la que vio en tus ojos un futuro
cuando tú apenas podías imaginarlo.
No hablo de la que llegó cuando ya tenías el camino hecho,
cuando la vida te sonreía
y tú caminabas seguro.
Hablo de la que estuvo en tu batalla,
la que te sostuvo cuando temblabas,
la que te dio abrigo
cuando la vida te dejaba a la intemperie.
Esa mujer que te amó sin lujos ni certezas,
que compartió tu pobreza, tu miedo, tus silencios, pero también tu esperanza,
tu fe y tus ganas de levantarte.
La que apostó por ti sin garantías,
la que no te midió por lo que tenías
sino por lo que podías llegar a ser.
Ella fue refugio cuando dolías,
fuerza cuando caías,
y calma cuando el mundo parecía romperse.
No te pidió más de lo que tú podías dar,
te ofreció amor en lugar de juicios,
compañía en lugar de reproches,
lealtad sin condiciones.
Y cuando lograste avanzar,
cuando la vida comenzó a florecer,
ella no pidió medallas:
solo quería que no olvidaras quién estuvo
cuando nadie más se quedó.
Por eso, si algún día la pierdes,
si por soberbia, descuido o costumbre
dejas ir a la mujer que te amó cuando no eras nada, entonces la vida te enseñará de la forma más dura que hay presencias que no regresan,
que hay amores que no se repiten,
que hay almas que solo pasan una vez.
Y entenderás —tarde, tal vez demasiado tarde—
que no existe reemplazo
para quien apostó por ti
cuando tú mismo dudabas de tu propio valor.
Porque hay mujeres que llegan para acompañarte, y otras que llegan para salvarte…
y esas, esas son las que nunca
deberías dejar ir.